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Compláceme, Papi romance Capítulo 56

Grace

No pensé en nada durante el trayecto. Después de salir de la casa de Charles, fui a la empresa como si estuviera poseída. No me detuve a pensarlo; me subí a un taxi y le di la dirección al taxista.

Cuando el guardia de seguridad me vio, se quedó inmóvil por un momento y abrió mucho los ojos al reconocerme. Era evidente que se acordaba de mí por lo de aquella noche. Esta vez no intentó echarme. Solo me dedicó una sonrisa cómplice.

—El señor Reed no está —dijo.

Me decepcioné un poco. El día estaba a punto de terminar y se me escapaba la única oportunidad de decir que sí.

Estaba a punto de dar media vuelta y regresar cuando me encontré con la vicepresidenta de la compañía. No tenía idea de qué estaría pensando. No dije ni una palabra y, aun así, le bastó mirarme una vez para entregarme una dirección y una llave y decirme que me divirtiera.

En cualquier otra circunstancia habría dudado de su cordura. O sea, ¿qué clase de jefa te entrega la llave de la casa de su otro jefe como si fuera un dulce? Pero no tenía fuerzas para discutir. Así que tomé ambas cosas, le di las gracias en voz baja y me fui.

Y ahora estaba ahí, de pie frente a Apollo, medio desnuda, chorreando agua y temblando como una idiota.

Apollo estaba sentado detrás de su escritorio. Llevaba las mangas remangadas, la camisa medio desabotonada y no había rastro de la corbata. Me miraba fijamente con aquellos ojos oscuros. Sentía su mirada deslizarse por mi piel de arriba a abajo y una descarga me recorrió la espalda.

—Acepto su propuesta —dije—. Por favor, hágame el amor, señor.

Apenas lo dije, las mejillas me ardieron de vergüenza. ¿De verdad acababa de decir eso en voz alta?

Mi lado racional, el que quería mantenerme a salvo, me pedía agarrar la sudadera, salir corriendo y lanzarme a un pozo sin fondo, pero no lo hice. En ese momento, el deseo que sentía por aquel hombre frío, desconcertante y atractivo podía más que toda la vergüenza que me inundaba.

Apollo no habló. Se quedó sentado y me observó mientras tamborileaba los dedos sobre el escritorio con aquel ritmo lento, como si estuviera pensando.

El silencio se prolongó y los nervios me atenazaron con más fuerza.

Tal vez había cometido un error. Tal vez llegué demasiado tarde. Tal vez ya no me deseaba. Tal vez prefería que me hiciera la difícil en vez de verme ahí, medio desnuda y temblando, ofreciéndome como una idiota en celo.

Me temblaron las piernas. Di un pasito hacia atrás y abrí la boca.

—Yo...

—¿Qué te pasó en la frente? —me interrumpió con tono neutro.

Parpadeé, confundida.

—¿Qué?

Se recostó en la silla y entrecerró los ojos.

—La cabeza. Estás sangrando.

Ah. Levanté una mano para tocarme la frente e hice una mueca cuando los dedos rozaron la herida. Se me había olvidado.

—Tropecé —murmuré.

—¿Tropezaste? —repitió con evidente escepticismo.

—Sí —respondí deprisa sin mirarlo—. Fue un accidente.

El despacho estaba más frío, aunque quizá la que tenía frío era yo. Me desnudé para resultar seductora, pero seguramente solo parecía patética.

Empezaba a creer que me había equivocado. El tamborileo se detuvo. Apollo se levantó de la silla y tomó la chaqueta que estaba sobre el respaldo. Lo observé sin poder apartar la mirada.

Solo entonces me fijé en lo alto que era; quizá siempre lo supe, pero verlo acercarse de aquella forma era otra cosa.

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