Grace
—¿Va a la casa del señor Grayson? —preguntó el taxista, aunque sonó más a afirmación que a pregunta.
No tenía ganas de hablar. A esas alturas, no podía pensar con claridad. Pero no era de las que dejaban a la gente hablando sola, sobre todo a alguien que parecía tener el doble de mi edad. Así que asentí apenas.
—Así es.
El taxista sonrió y asintió con cierto orgullo, como si conociera al hombre en persona.
—Debe conocerlo personalmente. El señor Grayson es un hombre muy amable. Él y su familia parecen perfectos. Hizo mucho por nuestra comunidad. Me encantaría conocerlo algún día.
Me volví hacia la ventana y dejé que la mirada se perdiera al otro lado del cristal. Qué palabra tan conveniente para no llamarlo manipulador. No tenía ni idea.
Todos creían en esa imagen de hombre de familia y defensor de la justicia que proyectaba. Pero solo era una máscara. El verdadero señor Grayson era muy distinto. Era uno de los que sonríen mientras te aplastan, te manipulan hasta silenciarte y te hacen dudar de tu propia realidad.
Aun así, no tenía fuerzas para corregirlo. Y aunque las tuviera, ¿de qué serviría? De todos modos, no me creería. La gente como el señor Grayson era intocable, no porque fuera buena, sino porque sabía fingirlo.
—Entiendo —murmuré.
El silencio volvió a reinar entre nosotros. Cuando llegamos a la mansión de los Grayson, el auto se detuvo frente a la entrada. Abrí la puerta y bajé. Saqué un par de billetes del bolsillo y se los entregué al taxista.
Los aceptó, asintió y me sonrió con amabilidad.
—Gracias. Que pase una buena noche.
El taxista se alejó. Me volví hacia la mansión y un escalofrío me sacudió. No sabía si era por el frío o por el miedo que me invadía.
No tenía idea de lo que me esperaba, pero sabía que no sería nada bueno. Solté el aire despacio para intentar calmarme.
A esas alturas, nadie más me importaba. Mis amigos y los gemelos eran las únicas personas que contaban. Y tenía que protegerlos, pasara lo que pasara.
Avancé. Los guardias de seguridad del portón me observaron un largo rato, asintieron en silencio y me dejaron pasar. Crucé el portón y avancé por el camino de entrada.
El corazón me latía con fuerza al acercarme a la puerta principal. Antes de que pudiera llamar, se abrió y apareció una sirvienta que esperaba respetuosamente con las manos juntas frente al cuerpo.
—Señorita Grace —dijo con una inclinación de cabeza—. Me indicaron que la acompañara adentro.
Asentí. La sirvienta se dio media vuelta y echó a andar. La seguí al interior de la mansión. Cada rincón de aquel lugar gritaba lujo. Había olvidado lo rica que era la familia Grayson. El padre de Charles no solo era un empresario exitoso, sino una figura pública conocida por todos.
Por eso esperaba que estuviera demasiado ocupado para involucrarse.
—Supongo que esperaba demasiado —murmuré.
—¿Sí, señorita Grace? —preguntó la sirvienta sin volverse.
Parpadeé.
—Ah... No, no hablaba con usted.
Continuamos por el largo pasillo hasta que escuché voces y risas apagadas al otro extremo. Fruncí el ceño. ¿Había una reunión? Las voces se volvían más claras cuanto más nos acercábamos. Aminoré el paso.
—Lamento mucho el comportamiento de mi hija, señor Grayson. A veces se deja llevar por sus emociones y hace un drama. No debió comportarse así con Charles.

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