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Compláceme, Papi romance Capítulo 50

River

La sala estaba sumida en un silencio tenso.

En un día cualquiera, el lugar habría estado lleno de conversaciones en las que todos presumían de los acuerdos comerciales que habían cerrado y de sus familias perfectas. Siempre competían por demostrar quién era mejor. Pero ese día todos permanecían en silencio, como niños sorprendidos con las manos en la masa.

Nadie decía una palabra.

¿Qué sentido tenía presumir de una nueva firma consultora o del último nombramiento en una junta directiva cuando Apollo estaba presente? Intentar opacarlo era como ver a un niño presumir de una hazaña ante un adulto; solo hacía más obvia la diferencia entre ambos.

Me recosté en la silla, tamborileé despreocupadamente los dedos sobre la mesa y sonreí divertido.

Las reuniones familiares nunca eran tan tensas. Nunca pensé que pudiera ser tan divertido ver a todos retorcerse de incomodidad en silencio, sin que nadie se atreviera a hablar primero por miedo a parecer un idiota frente a él.

Recorrí la mesa con la mirada y observé una por una las caras conocidas.

Me fijé en uno de mis tíos, el mismo hombre que nunca desperdiciaba la oportunidad de presumir de sus contratos con el gobierno o proponer una nueva idea de negocios. Antes, siempre dominaba la conversación. Ahora miraba el plato en silencio.

A su lado, otro de mis tíos permanecía con la mandíbula apretada y alternaba la mirada entre su copa de vino y el reloj, como si quisiera obligar al tiempo a avanzar más rápido. Mientras tanto, mi tía parecía dispuesta a dar cualquier cosa con tal de desaparecer de la mesa.

Todos ellos y sus familias parecían contener el aliento.

Desvié la mirada hacia Apollo, el hombre a quien todos en esa sala temían, aunque jamás lo admitían abiertamente. Usaban su nombre para impresionar a los de afuera, pero de puertas para adentro lo trataban como una maldición.

Estaba sentado con una pierna cruzada sobre la otra, indiferente, como si prefiriera estar en cualquier otro lugar.

Lo estudié con atención, curioso por saber qué pensamientos ocultaba, qué veía al observar esa sala, cuáles eran sus límites y qué pasaría si alguien se atrevía a cruzarlos.

Debió de notar que alguien lo observaba, porque recorrió la mesa con la mirada hasta encontrarse con la mía. Por un segundo, se me revolvió el estómago. Sonreí de lado.

Ni siquiera yo quería buscarme problemas con él. Apollo arqueó una ceja.

Aquel simple gesto bastó para volver más denso el silencio. Reí y negué con la cabeza. ¿Cómo podía un hombre hacer tan poco y aun así dominar la sala de esa manera?

El señor Reed ladeó la cabeza antes de preguntar:

—¿Eh? ¿Por qué están todos tan callados? Hace un rato estaban hablando. ¿Pasó algo?

Uno de mis tíos forzó una sonrisa y se apresuró a hablar:

—A-Apollo, ¿cómo has estado? Ha pasado mucho tiempo.

Otro de mis tíos intervino enseguida mientras asentía:

—Sí... sí, la última vez que te vi en persona fue durante el entierro de tu esposa, yo...

Todos en la mesa voltearon hacia él al unísono. Silencio.

Abrió los ojos de par en par. Parpadeó una vez y luego otra, como si apenas se diera cuenta de lo que había dicho. Miró a Apollo; el arrepentimiento ya se le notaba.

Sonreí apenas y también lo miré. Apollo no dijo nada, pero su mirada se entristeció.

El pobre hombre tragó saliva y tartamudeó:

—L-lo que quise decir fue... yo...

El señor Reed lo interrumpió con naturalidad, se volvió hacia mí y sonrió.

—River, ¿cómo te va en el nuevo trabajo con tu tío? ¿Te sientes a gusto? ¿Tu tío te trata bien?

—Claro —respondí con una sonrisa—. Mi tío me cuida bien y me divierto. Estoy aprendiendo mucho.

El señor Reed asintió, entrelazó las manos sobre la mesa y dijo:

—Me alegra. Debes divertirte. Los hombres de tu edad necesitan salir y conocer gente. Busca una relación seria para que puedas sentar cabeza y casarte pronto. No esperes hasta los cuarenta años.

Todos en la mesa voltearon casi por instinto hacia Apollo. Permaneció indiferente.

Incliné la cabeza y sonreí con inocencia.

—Parece que mi tío ya tiene pareja.

Alguien en el otro extremo de la mesa se atragantó con la comida.

El señor Reed se volvió bruscamente hacia mí y alzó una ceja.

—¿Qué acabas de decir?

Parpadeé.

—Mi tío también está saliendo con una mujer.

El señor Reed se levantó tan rápido que la silla raspó el piso.

—¿¡Qué!?

Se volvió hacia Apollo.

—¿T-tú estás saliendo con una mujer? ¿Tú? ¿Y no dijiste nada?

Apollo ni siquiera levantó la cabeza. Tomó la copa de vino, bebió un sorbo con calma y la dejó de nuevo sobre la mesa.

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