Apollo
Bajé la mirada hacia el padre y el hijo en el suelo.
El muchacho lamía el vino despacio y arrastraba la lengua por el suelo. Las lágrimas le surcaban la cara y se mezclaban con el líquido. Su padre permanecía arrodillado a su lado, con la cabeza agachada y una mano sobre la espalda del muchacho. Cada vez que el muchacho dudaba, su padre lo obligaba a bajar aún más la cabeza.
A su alrededor, la multitud miraba atónita, con los ojos muy abiertos y las manos sobre la boca.
Una voz susurró:
—¿Qué tan poderoso es ese hombre? He escuchado rumores sobre lo peligroso que es. ¿De verdad le tienen tanto miedo? ¿Tanto como para que un ejecutivo se arrodille así?
Otra voz se apresuró a responder:
—¿Peligroso? No tienes idea. Nadie puede domar a una bestia como él.
El padre del muchacho alzó despacio la mirada hacia mí. El sudor le brillaba en la cara.
—P-por favor, señor... perdone a mi hijo. Es joven e imprudente. No hablaba en serio. Yo... yo tampoco, señor.
Aquello ya no me divertía, así que me di la vuelta sin volver a mirarlos. El muchacho aún sollozaba cuando pasé junto a él. Austin avanzaba detrás de mí. Nos abrimos paso entre la multitud silenciosa hasta llegar junto al viejo.
No se movió cuando me acerqué. Permaneció con las manos cruzadas a la espalda y los ojos entrecerrados, clavados en mí. Entonces dijo sin parpadear:
—Tienes muchas agallas para venir a mi fiesta de cumpleaños y montar un espectáculo.
Le sostuve la mirada.
—Entonces no debiste molestarte en invitarme. Nos habrías ahorrado problemas a todos.
Miró más allá de mí, hacia la escena que había provocado.
—¿Por qué te metiste? Nunca te involucras en asuntos que no te incumben. ¿O es que volviste a mostrar emociones?
Su comentario era absurdo. Me encogí de hombros.
—Era demasiado arrogante. Solo quise ponerlo en su lugar.
La tensión entre nosotros se notaba.
A nuestro alrededor, los invitados procuraban no mirar. De pronto, el piso, sus bebidas o la nada misma les parecían fascinantes.
El viejo me observó un segundo más y después sonrió.
—¿Cómo no voy a invitar a mi hijo a mi fiesta de cumpleaños? —preguntó entre risas—. Te extrañé, Apollo.
Dio un paso hacia mí con los brazos extendidos, como si no acabara de verme humillar a uno de sus aliados ante todos los miembros de la élite reunidos en el salón.
No me moví. Cuando intentó abrazarme, le apoyé dos dedos en la frente y lo mantuve en su sitio.
—Veo que sigues tan cariñoso como siempre.
Me apartó la mano de un manotazo como si nada y luego me rodeó la cintura con los brazos, igual que un niño en busca de consuelo. Suspiré y dejé los brazos a los costados.
—¿Puedes culparme? —murmuró—. Extrañé mucho a mi hijo.
No necesitaba mirar a mi alrededor para saber que todos tenían cara de asombro. Sus reacciones eran de esperarse.
La mayoría solo conocía el lado más frío de mi padre. Era despiadado, calculador y aterrador. La clase de hombre capaz de destruir imperios con una sonrisa. Conmigo, en cambio, se convertía en un viejo cariñoso y necesitado que no podía dejar de tocarme.
Incliné la cabeza y miré a mi padre, que seguía abrazado a mí.
—¿Cuánto tiempo piensas seguir abrazándome? —pregunté sin emoción.
Bajó los brazos.
—Es que me alegra mucho verte. Aunque estamos en el mismo país, casi nunca nos vemos. Siempre estás demasiado ocupado.
Después del accidente, me aislé del mundo y me enterré en el trabajo. Apartaba a cualquiera que intentara entrometerse en mi vida. Aun así, él llamaba casi todos los días. Nunca pedía demasiado ni se quejaba cuando yo no contestaba.
Hacía cuanto podía por seguir formando parte de mi vida, aunque a veces recurriera a métodos cuestionables. Miré a Austin. Me sostuvo la mirada y, sin decir nada, me entregó la bolsa negra de regalo que llevaba.
Me volví hacia mi padre y se la extendí. Bajó la mirada hacia la bolsa, rio y negó con la cabeza antes de tomarla.
—Otro regalo —comentó con una tenue sonrisa—. Me mandas uno todos los años.
Alzó la mirada con una sonrisa traviesa.

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