Apollo
Ryan y yo nos miramos en silencio.
A nuestro alrededor, todos tenían la cara paralizada por la impresión, la boca entreabierta y los ojos moviéndose de un lado a otro, como si presenciaran un desastre en cámara lenta. Pero Ryan era diferente. No parecía sorprendido, enojado ni ofendido. Solo me miraba, tranquilo y pensativo, como si intentara descifrar algo oculto en mi interior.
Le sostuve la mirada sin inmutarme, con la cara inexpresiva y las emociones encerradas bajo llave, como siempre.
Ryan me conocía mejor que casi cualquier otra persona. Sabía que, cuando tomaba una decisión, nadie podía obligarme a cambiarla. También sabía que, fueran cuales fueran sus planes o intenciones, no me apartaría de Grace.
Cuando pensé que estaba a punto de hablar, esbozó una sonrisa que expresaba más curiosidad que burla y habló.
—Qué divertido —dijo despacio—. De verdad has cambiado.
Levanté un poco una ceja al escucharlo, pero no lo interrumpí. Ryan metió las manos en los bolsillos de su bata de médico, con una postura relajada y despreocupada.
—¿Sabes? —continuó—. Antes creía que todos tenían una debilidad. Ricos o pobres, poderosos o insignificantes, daba igual. Todos tenían algún punto vulnerable; bastaba con tocarlo para que se derrumbaran. —Hizo una breve pausa sin apartar la mirada de mí—. Pero tú eras el único al que no lograba descifrar. Por más que lo intentaba, no encontraba tu debilidad. La verdad, pensé que no tenías ninguna.
Levanté la ceja un poco más, pero seguí sin decir nada.
—Resulta que, después de todo, eres humano. —Ryan rio entre dientes—. Sí tienes una debilidad. Y esa debilidad es mi hermana menor.
Al escucharlo, mi mirada se ensombreció y mi expresión se tensó, aunque permanecí en silencio. Sus palabras no me ofendieron. Tampoco me sorprendieron. Lo sabía desde mucho antes que los demás. Grace era mi debilidad, sí, pero también mi fortaleza. Hacía que despertar cada mañana se sintiera como un privilegio en lugar de una carga. Era la razón por la que me importaba el futuro. Y era la única persona que podía hacerme temer perder algo.
Había vivido indiferente al mundo, dispuesto a dejar que ardiera si era necesario, pero cuando se trataba de ella, todo cambiaba. Podía aceptar que ella fuera mi debilidad. Lo que no podía aceptar era que otros la descubrieran e intentaran usar a Grace en mi contra.
Cuantas más personas supieran lo importante que era para mí, más intentarían lastimarla. Y jamás permitiré que eso pase.
Ryan parecía entenderlo también. Siempre había sabido leerme; a veces me comprendía mejor que yo mismo. Su sonrisa persistía, entre la sorpresa y la diversión, como si nunca hubiera esperado verme así.
Antes de que alguno de los dos pudiera decir algo más, su madre salió del estupor. Se puso seria y dio un paso al frente con los ojos encendidos de ira.
—No puedes quedarte con ella —dijo—. Pase lo que pase, jamás permitiré que mi hija se quede con un Reed.
Estaba a punto de acercarse más cuando Ryan extendió el brazo y la sujetó de la mano para detenerla.
—Ya basta, madre —dijo con firmeza.
—Ryan, ¿qué estás haciendo? —Se volvió hacia él, confundida y molesta.
Ryan no levantó la voz, pero su tono no admitía discusión.
—Deberíamos irnos —dijo—. Quedarnos aquí más tiempo solo complicará las cosas.
Su madre parpadeó mirando a Ryan como si hubiera oído mal. La incredulidad pronto dio paso a la ira. Retiró de un tirón la mano que él le sujetaba, con movimientos bruscos e inseguros, y negó con la cabeza enérgicamente.


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