Apollo
La madre de Ryan asintió sin dudar, con expresión firme, aunque aún tenía los ojos rojos e hinchados de tanto llorar.
—Sí —dijo en voz alta, y su voz resonó ligeramente por el pasillo—. Sí, lo hice. Grace es mi hija. Es la hija que la familia Jones ha estado buscando todos estos años.
Mi padre abrió los ojos, conmocionado por sus palabras. Giró lentamente la cabeza hacia mí, como si esperara que lo negara o le dijera que todo era un malentendido. Pero al ver mi cara de desconcierto y notar que estaba tan sorprendido como él, algo pareció derrumbarse en su interior. Se le hundieron los hombros y bajó la mirada al suelo, como si intentara ordenar ideas que de pronto le resultaban demasiado difíciles de comprender.
Se llevó una mano a la cabeza y suspiró de cansancio mientras se tambaleaba. Por un momento, creí que iba a caerse. Mi prima reaccionó al instante, dio un paso al frente y lo sujetó del brazo antes de que se desplomara.
—T-tío, ten cuidado —dijo con urgencia, sujetándolo con más fuerza.
Mi padre intentó hablar, pero no logró formular bien las palabras. Mi prima negó con la cabeza y lo sostuvo con mayor firmeza.
—No olvides que estás enfermo —dijo—. Vamos, siéntate antes de que te caigas.
—Vaya, sabía que esa muchacha era especial, pero jamás imaginé que fuera parte de la familia Jones —murmuró mi padre después de que mi prima lo ayudara a llegar a una silla cercana. Por una vez, no había protestado. Se había dejado sentar y se había recostado pesadamente en el respaldo, como si todas las fuerzas lo hubieran abandonado de golpe. Antes de hablar, había cerrado los ojos un breve instante y respirado hondo.
La madre de Ryan lo fulminó con la mirada; su dolor pronto se convirtió en furia.
—Así es —dijo—. Es mi hija. Y ustedes, los Reed, no tienen derecho a impedirme entrar a la habitación de mi hija. Ahora que la encontré, si creen que voy a dejar que alguno de ustedes vuelva a acercarse a ella, se equivocan. Ustedes solo traen desgracias. Prefiero morir antes que permitir que mi hija se case con alguien de su familia.
Mi padre dio un respingo al escucharla. Entreabrió los labios, como si quisiera discutir, pero no emitió ningún sonido. Por una vez, guardó silencio.
—¿No cree que está demasiado segura de lo que dice? —preguntó mi prima después de fruncir el ceño, dar un paso al frente y cruzarse de brazos.
—¿Qué dijiste? —preguntó la madre de Ryan, dirigiéndole una mirada penetrante.
—No deja de afirmar que es su madre sin mostrar ninguna prueba —replicó mi prima, sin ceder—. No me diga que solo porque se parecen está tan empeñada en decir que es su hija. Es ridículo. Dos personas pueden parecerse sin tener ningún parentesco. —Entrecerró los ojos—. Sé que la familia Jones lleva mucho tiempo buscando a su hija desaparecida, pero eso no significa que toda mujer que se le parezca sea de pronto su hija. Por favor, no se haga ilusiones absurdas.
Mi padre pareció aferrarse a sus palabras como a un salvavidas. Se enderezó un poco y asintió, como si ella hubiera dicho la verdad que necesitaba escuchar. Se levantó de la silla con esfuerzo y habló con seguridad.
—Así es —dijo—. Que se parezcan no significa que sea su hija. No voy a permitir que nadie me quite a mi nuera.
Levantó el mentón con engreimiento, como si creyera haber recuperado la ventaja. La madre de Ryan frunció el ceño. Se le enrojeció la cara de emoción y cerró los puños a los costados, como si apenas pudiera contenerse.
—Es mi hija —dijo con voz ronca—. ¿Cómo no voy a reconocer a mi propia hija? La llevé en el vientre, la di a luz. Una madre no olvida algo así.
—Entonces demuéstrelo —dijo mi padre tras resoplar—. No puede decir lo que se le antoje sin pruebas.

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