Apollo
Estaba junto a la cama del hospital, con la mirada fija en Grace, que yacía inconsciente. Su cara tenía una palidez anormal contra la almohada blanca y sus labios estaban ligeramente entreabiertos; el pecho subía y bajaba con cada respiración irregular. Así se veía frágil, más pequeña que cuando estaba despierta, y verla tendida allí me hizo fruncir el ceño.
Le apreté la mano sobre la cama, como si sujetarla con más fuerza pudiera mantenerla a salvo de alguna manera. Sin apartar la mirada de ella ni un segundo, hablé con autoridad, pese a la tormenta que se desataba en mi interior.
—¿Cómo está?
—Está bien, señor Reed. Solo está inconsciente. La noticia debió de causarle una gran impresión. No hay de qué preocuparse —respondió el doctor a mis espaldas, con respeto y cautela, después de aclararse la garganta.
No había de qué preocuparse. Mi mirada se endureció.
—¿No hay de qué preocuparse? —repetí con voz aún más grave. El cambio de tono bastó para que el doctor se pusiera rígido y el personal de enfermería a su lado retrocediera un paso.
—Entonces, dígame —continué despacio—, ¿por qué está inconsciente?
—E-en realidad, esto les pasa con bastante frecuencia a quienes sufren un trauma emocional repentino o la pérdida de un ser querido —explicó el doctor después de tragar saliva con dificultad, esforzándose por hablar—. La impresión provoca una caída repentina de la frecuencia cardíaca y la presión arterial. Los vasos sanguíneos de las piernas se relajan y disminuye el suministro de oxígeno al cerebro, lo que causa una breve pérdida del conocimiento. Debería despertar pronto, señor Reed.
No respondí, ni siquiera lo miré.
No aparté los ojos de Grace ni un segundo, como si al desviar la mirada pudiera hacerla desaparecer. Cuando noté que el doctor y el personal de enfermería seguían allí, nerviosos, volví a hablar con indiferencia.
—Salgan.
Vacilaron un instante antes de inclinar la cabeza con rapidez y salir uno tras otro de la habitación. La puerta se cerró a sus espaldas y solo quedaron el pitido constante de las máquinas y el sonido de la respiración de Grace.
Volví a centrar toda mi atención en ella.
Su pecho seguía subiendo y bajando bajo la delgada cobija; las pestañas descansaban sobre la piel pálida y varios mechones le caían desordenados sobre la cara. Extendí la mano despacio y le aparté el cabello de la mejilla con delicadeza. Cuando estaba a punto de retirarla, sentí algo húmedo.
Dejé la mano inmóvil, con los dedos suspendidos cerca de su cara, y me incliné más. Solo entonces vi que de sus ojos cerrados escapaban lágrimas que le recorrían las sienes en silencio y empapaban la almohada bajo su cabeza.
Me quedé paralizado.
Incluso inconsciente, seguía llorando. Cerré la mano lentamente hasta formar un puño mientras la miraba. La rabia y la culpa me atormentaban.
Esto era mi culpa. Si hubiera tenido más cuidado, si lo hubiera visto venir antes, si hubiera manejado las cosas de otra forma, nada de esto habría pasado. La niña no estaría muerta. Grace no estaría acostada aquí.
Apreté la mandíbula al sentir que la furia me invadía, pero la contuve y me obligué a respirar y mantener la compostura, porque perder el control no solucionaría nada.
Me pasé una mano por el cabello con brusquedad antes de volver a inclinarme y secarle las lágrimas de la cara con el pulgar, como si le pidiera perdón de la única forma que podía.
—Perdóname —murmuré, aunque no sabía si podía oírme.
Sonó un golpecito suave en el vidrio.
Alcé la mirada hacia la ventana y vi a Genesis al otro lado. Exhalé despacio y miré a Grace una última vez, grabándome su cara en la memoria, antes de soltarle la mano con cuidado.
Me levanté, caminé hacia la puerta, salí de la habitación y la cerré a mis espaldas. Me ocuparía de todo lo demás después. Ahora, lo único que importaba era Grace.
Genesis estaba allí cuando salí de la habitación del hospital, y bastó con verla para saber que no se encontraba mejor. Tenía el cabello revuelto, como si se hubiera pasado los dedos por él muchas veces por la frustración, y respiraba agitada, como si se lo hubiera estado guardando todo y apenas ahora empezara a quebrarse.
La culpa se le veía en la cara. Se separó de la pared y dio un paso vacilante hacia mí; la voz se le quebró antes de siquiera terminar de decir mi nombre.
—A-Apollo... Perdón —dijo atropelladamente—. Es mi culpa. Yo lo provoqué. Si no me hubiera descuidado, Hannah no habría muerto y Grace no se habría desmayado. Lo siento muchísimo.
La miré en silencio, con expresión indescifrable, pero mi mente ya repasaba todo lo que había ocurrido antes, cada segundo que nos había llevado a este momento.


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