Grace
La sala estaba a oscuras cuando entramos; el tenue resplandor de la pantalla apenas iluminaba las filas de asientos. Seguí a Apollo hacia el fondo y me acomodé en una de las butacas vacías, cuyo acolchado se hundió un poco bajo mi peso. Él se sentó a mi lado, tan cerca que podía sentir su presencia incluso sin mirarlo. La película aún no empezaba; solo parpadeaban en la pantalla las tenues imágenes de los anuncios.
Estiré la mano y tomé una palomita de maíz del recipiente que sostenía para llevármela a la boca. En cuanto la mordí, se me iluminó la cara y se me escapó un gemido antes de que pudiera contenerlo. Estaba deliciosa. Sonreí y mastiqué feliz antes de volverme a mirarlo.
Ya me estaba mirando.
—Prueba las palomitas. Están muy buenas. Casi no tienen sal, te van a gustar —le dije, aunque por un segundo su mirada me había hecho sentir tímida. No miraba la pantalla ni ninguna otra parte, solo a mí, como si el resto del mundo se hubiera desvanecido.
Bajó la mirada hacia las palomitas con evidente desinterés, como si fueran lo menos importante de toda la sala.
Lo observé un momento y luego volví a mirar las palomitas. Se me ocurrió una idea y, sin poder contenerme, tomé una palomita y me incliné hacia él, lo que captó su atención.
—Te va a gustar —susurré, sonriendo mientras le ofrecía la palomita—. Pruébala. No te vi comer nada hoy.
Alzó una ceja y me miró a los ojos. De pronto, me quedé paralizada.
“¿Qué estoy haciendo?”
De golpe, caí en la cuenta. Le estaba dando de comer a mi jefe en una sala de cine a oscuras. Con mis dedos.
—Y-yo... Lo siento —dije de prisa tras una risita nerviosa, incómoda, con la mano suspendida en el aire y el corazón detenido—. No debí hacer eso. Perdón. Eh… Tengo las manos sucias.
Empecé a retirar la mano, pero, antes de que pudiera hacerlo, Apollo se inclinó hacia delante.
No apartó la mirada de mis ojos al morder la palomita de mis dedos. Se me cortó la respiración cuando sentí el roce cálido de sus labios y luego su lengua me rozó los dedos.
Me quedé con la mente en blanco.
—No está mal. —Apollo asintió después de masticar y tragar; había visto moverse su garganta. Yo seguía mirándolo, inmóvil y con la cara ardiendo, desde que se había recostado en su asiento.
Puta madre.
Eso fue todo. Seguía con la mente en blanco.
¿Cómo es que hacía tanto calor aquí? ¿Alguien había apagado el aire acondicionado?
El corazón me latía a toda velocidad, aún me hormigueaban los dedos donde él los había tocado y no habría podido apartar la mirada de él ni aunque lo intentara. Tragué saliva con dificultad y me aferré al apoyabrazos, sin dejar de mirar al hombre atractivo que tenía al lado, mientras un pensamiento me resonaba en la cabeza.
“¿Qué demonios me estaba pasando?”

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