Apollo
Bajé la mirada hacia Grace y sonreí, divertido al observar su expresión. Parecía atrapada, acorralada por sus propias decisiones y pensamientos, como una venadita deslumbrada por los faros de un auto, solo que no se esforzaba mucho por escapar. Más bien, parecía no saber si quería huir o quedarse donde estaba.
Me encantaba.
Me encantaba verla inquietarse bajo mi mirada, lo pendiente que estaba de mí, de cada respiración mía, de cada centímetro que nos separaba. Me encantaba cómo me deseaba aun cuando se esforzaba tanto por fingir que no. Había algo embriagador en eso, en lo evidentes que eran sus emociones mientras intentaba mantener el control.
Grace abrió la boca como si fuera a decir algo, probablemente una excusa, pero bajé la mirada a sus labios antes de que pudiera hablar. Mi diversión dio paso a algo más posesivo.
Cuando notó lo que estaba mirando, se pasó la lengua por los labios. Al verla, un sonido grave me salió del pecho antes de que pudiera contenerlo.
—Parece que pones a prueba mi paciencia a propósito, princesa —murmuré, con la voz más ronca que antes—. ¿De verdad crees que no haría salir a todos y te haría mía ahora mismo si quisiera?
Su cuerpo tembló al escuchar mis palabras y, por un breve segundo, vi cómo me miraba, como si quisiera que lo hiciera, pero después negó ligeramente con la cabeza, como si discutiera consigo misma y no conmigo.
—D-deberíamos... ver la película —dijo después de levantar la mano, que le temblaba un poco, y señalar la pantalla.
Pero justo cuando habló, el hombre de la pantalla se la metió de una embestida en la boca a la mujer, cuyos gemidos llenaron la sala.
Arqueé una ceja despacio y volví a mirar a Grace.
—¿T-tienes hambre? —preguntó después de ponerse aún más roja y morderse el labio.
—Mucha —respondí, inclinando la cabeza sin apartar la mirada de su cara.
Tragó saliva y optó por ignorar el sentido de mi respuesta. En cambio, me tomó de la mano y apretó mis dedos, como si temiera que pudiera hacer algo si me soltaba.
—Entonces vamos a comer —dijo enseguida.
Antes de que pudiera responder, ya tiraba de mí para que me levantara y me arrastraba fuera de la sala sin pensárselo dos veces. La película seguía detrás de nosotros, olvidada. La gente nos miraba al pasar, pero a ninguno de los dos le importaba. Dejé que me guiara, complacido por lo decidida que se había vuelto.
Una vez afuera, por fin se detuvo.
Respiró hondo, como si hubiera estado conteniendo el aire todo ese tiempo. La brisa fresca de la noche le levantaba el cabello mientras se pasaba una mano por él. Se volvió hacia mí y, en cuanto nuestros ojos se encontraron y vio lo divertido que estaba, apartó la mirada.
—Podemos... ver una película en otra ocasión —dijo tras una tos nerviosa—. Esa era un poco excesiva.
Solo la observé mientras empezaba a sonreír. Había dicho “en otra ocasión”.
Esa frase me complació más de lo que esperaba. Como si, sin darse cuenta, ya hubiera decidido que habría más momentos así, más noches y más recuerdos conmigo. Solo pensarlo bastó para alegrarme.

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