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Compláceme, Papi romance Capítulo 184

Grace

—Dos palomitas grandes, por favor —pedí después de mirar el menú un segundo y señalar hacia el mostrador.

—Muy bien, señorita. Enseguida se las sirvo —dijo el empleado de la dulcería con una gran sonrisa, después de mirarme y quedarse un instante inmóvil, como si estuviera asimilando algo.

Asentí y me giré un poco para recorrer con la mirada el bullicioso cine. La gente pasaba en pequeños grupos, conversando y riendo mientras se dirigía a las salas. Cerca de allí, una niña corrió hacia sus padres y casi se tropezó. Su padre la alzó entre risas mientras el resto de la familia sonreía con ternura, y luego todos se alejaron juntos.

Sonreí al verlos, sin darme cuenta. Por alguna razón, me acordé de la niña del hospital. Seguramente le encantaría un lugar como este. Tal vez algún día, cuando estuviera mejor, podría traerla. No sabía por qué sentía tanto cariño por ella, pero siempre que pensaba en ella, algo se agitaba en mi pecho y me hacía desear muchísimo que fuera feliz.

Observé a la familia hasta que desapareció entre la multitud y aparté la mirada. Fue entonces cuando lo vi.

Apollo estaba apoyado en la baranda, con una mano en el bolsillo y la otra sosteniendo el celular junto al oído. Hablaba con alguien en voz baja. Tenía el cabello un poco despeinado y las mangas arremangadas. Verlo ahí, tan fuera de lugar y, a la vez, tan natural, me dejó sin aliento.

Parecía un CEO adinerado que hubiera entrado por accidente a un cine por primera vez, lo cual, en su caso, no estaba muy lejos de la verdad.

A su alrededor, las mujeres aminoraban el paso y susurraban entre ellas mientras lo miraban sin disimulo. Algunas parecían tener ganas de lanzarse sobre él ahí mismo. Ni siquiera podía culparlas.

Yo también quería lanzarme sobre él.

Apollo era el tipo de hombre que solo se veía en novelas o películas. Era demasiado bueno para ser verdad. Y, aun con todas esas mujeres hermosas a su alrededor tratando de captar su atención, él no me quitaba la mirada, como si no existiera nadie más.

Cuando notó que lo miraba, alzó ligeramente una ceja. Negué con la cabeza y sonreí para indicarle que siguiera con lo suyo. En respuesta, sus labios se curvaron apenas.

—Aquí tiene, sus palomitas están listas —dijo el empleado de la dulcería.

Me volví hacia él. Seguía con la misma sonrisa boba mientras deslizaba las palomitas hacia mí. Sonreí con incomodidad, tomé los recipientes y los dejé en el mostrador antes de buscar en mi cartera. Saqué el dinero y estaba a punto de dárselo cuando negó con la cabeza.

—No, no se preocupe —se apresuró a decir—. Van por cuenta de la casa.

—¿Qué? —pregunté tras parpadear.

—No necesitas pagar —respondió alegremente.

—Ay, no, no puedo aceptarlo —dije, extendiéndole el dinero de todos modos—. Gracias, pero, por favor, cóbreme.

—No, hablo en serio. No tienes que pagar —dijo el hombre, negando con la cabeza sin perder esa sonrisa demasiado confiada. Se inclinó hacia mí—. No dejo que las mujeres hermosas paguen.

No pude evitar alzar una ceja. Ah, claro. Hoy no llevaba el disfraz.

—Mejor, ¿qué tal si me das tu número? —añadió antes de que pudiera responder, inclinándose un poco más hacia mí y guiñándome un ojo.

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