Grace
Desde mi silla, estiré el cuello y miré hacia la ventana de la oficina por quinta vez esa tarde, o eso me pareció. Como siempre, la luz seguía encendida. Suspiré al verla y me recosté en la silla, apoyando la cabeza en el respaldo mientras cerraba los ojos.
Apollo seguía trabajando.
Nunca había visto a nadie trabajar tanto. Ni siquiera el presidente tenía que exigirse tanto para gobernar el país. Al menos las personas como él se tomaban descansos. Dormían y respiraban. Pero Apollo parecía no saber cómo parar. Cuanto más lo pensaba, más me frustraba.
Apollo solo se tomaba descansos cuando estaba conmigo. El resto del tiempo se encerraba en su oficina y trabajaba día y noche. Incluso había hecho construir una habitación allí, y me constaba que apenas la usaba. Abrí los ojos y me quedé mirando el techo, sin poder dejar de pensar en eso.
Estaba trabajando incluso en un día como ese.
¿Por qué se refugiaba así en el trabajo? ¿Intentaba olvidar algo o creía que trabajar hasta agotarse era una forma de castigarse por el pasado?
No sabía la respuesta. Solo sabía que odiaba verlo exigirse hasta quedarse sin fuerzas.
La voz de Genesis resonó en mi mente, junto con las palabras que me había susurrado antes en la sala de juntas.
—No sé si debería contarte esto, pero hoy es el aniversario del día en que Apollo perdió a su esposa y a su hijo que ya estaba por nacer. Y, como siempre, tu hombre se matará trabajando solo para olvidarlo. Pero si alguien puede sacarlo de su caparazón, esa eres tú. Buena suerte.
Volví a suspirar, esta vez más hondo. No lo sabía. Hasta que Genesis me lo contó, no sabía que en esa fecha su vida había cambiado para siempre.
Apollo era de esos hombres que nunca dejaban ver sus emociones. Las encerraba en una caja tan hermética que nadie podía saber qué había dentro, y abrirla parecía imposible, sobre todo cuando ni siquiera tenías la llave.
No sabía qué sentía ese día. Me había tratado como siempre, como si no pasara nada, pero quizá eso no importaba.
Aunque nunca me lo contara, aunque jamás encontrara la llave de esa caja cerrada, no me importaba. No lo dejaría, me quedaría, pasara lo que pasara, y lo acompañaría en todo, incluso en aquello que no supiera expresar con palabras.
Asentí, como si sellara esa promesa.
—¿Señorita Grace? —me llamó una voz grave.
—Buenas noches —me saludó Austin cuando me volví y lo vi de pie allí, mirándome con una sonrisa cortés.
—Oh, buenas noches, Austin —respondí tras enderezarme y levantarme de la silla, acompañando el saludo con una inclinación de cabeza.

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