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Compláceme, Papi romance Capítulo 181

Apollo

Todos nos miraban, pero no les presté atención. Ninguno importaba. Cuando la miraba a ella, el resto del mundo dejaba de existir.

Grace estaba ahí, de pie, y su presencia despertaba algo profundo y peligroso dentro de mí. Por un momento fue lo único que existía.

Todos seguían paralizados, como idiotas en trance, así que aparté la mirada de ella y me volví hacia los demás. Mi expresión no cambió; mis ojos, entrecerrados y oscuros, encerraban una advertencia silenciosa.

—No tartamudeé —dije con calma, en voz baja—. ¿O sí?

Todos los ejecutivos se pusieron rígidos y varios se estremecieron. Genesis Brown, que había estado callada todo ese tiempo, demasiado entretenida con la escena, por fin rio, aún con unas palomitas de maíz entre los dedos. Se levantó con pereza y estiró los brazos como si acabara de ver una película bastante entretenida.

—Bueno, supongo que ya nos entretuvimos bastante por hoy, ¿no creen? —Paseó la mirada por la sala y les dedicó una sonrisa juguetona a los ejecutivos—. Si yo fuera alguno de ustedes, ya me estaría yendo. Lo que menos les conviene es interrumpir a los protagonistas cuando están a punto de tener un momento íntimo.

La miraron confundidos, pero ella los ignoró. Se dirigió a la puerta y, antes de salir, se detuvo y se inclinó hacia Grace para susurrarle algo al oído. No escuché sus palabras, pero vi un destello de sorpresa en la cara de Grace.

Genesis se enderezó, le guiñó un ojo rápidamente y salió como si nada en el mundo le preocupara. Eso fue todo lo que hizo falta. La sala se vació en segundos.

Salieron a toda prisa; nadie se atrevía a ser el último en quedarse. La puerta se cerró detrás de ellos y, de pronto, el lugar pareció inmenso y vacío. Solo quedábamos nosotros dos.

Dejé la mirada fija en Grace, contemplando a la única persona que había logrado afectarme de esa manera. Me recosté contra el respaldo de la silla y hablé sin dejar lugar a discusión.

—Siéntate en el escritorio.

Tragó saliva ante la orden y miró fugazmente hacia la puerta. Por un momento pensé que quizá vacilaría. Pero, en lugar de eso, como si actuara por instinto, se dio la vuelta, caminó hasta la puerta y cerró con llave.

El chasquido de la cerradura resonó en el silencio. Cuando se aseguró de que la puerta estuviera bien cerrada, se sentó en el escritorio frente a mí, con las manos apoyadas a ambos lados y los ojos muy abiertos. Su mirada inocente no calmó en absoluto la tormenta que rugía dentro de mí.

—¿Qué acabas de hacer? —pregunté, alzando una ceja mientras la observaba con atención.

—Cerré la puerta con llave —respondió, sosteniéndome la mirada.

La sorpresa me dejó inmóvil. Luego sonreí, burlón.

—Ya veo —dije en voz baja—. ¿Y por qué hiciste eso? —pregunté al acercarme a ella sin prisa, después de levantarme, erguirme y meter las manos en los bolsillos. Mantenía los ojos fijos en los suyos.

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