Grace
—Bueno, nos vemos luego.
Me volví un poco al escuchar mi nombre y asentí con una sonrisa cortés.
—Nos vemos luego.
Cuando las puertas del ascensor empezaron a cerrarse, miré hacia un lado sin pensarlo y la vi.
Katherine estaba apoyada contra la pared del ascensor, relajada y con una sonrisa amable. Pero cuando nuestras miradas se cruzaron, le vi un destello amenazante en los ojos. Duró apenas un instante, pero lo vi.
Las puertas terminaron de cerrarse y la perdí de vista.
Me quedé ahí un momento más de lo necesario y apreté la correa del bolso. Algo en ella me inquietaba. Aunque su sonrisa fuera perfecta y no hubiera dicho nada malo, su manera de mirarme me daba mala espina.
Era como un depredador que estudiaba a su presa en busca de formas de jugar con ella. Negué con la cabeza y me llevé una mano a la sien.
—Le estás dando demasiadas vueltas —murmuré para mí—. No hizo nada malo. No juzgues por las apariencias.
Ese siempre había sido mi problema. Pensaba demasiado. Buscaba significados ocultos en cosas que probablemente no querían decir nada. Aun así, la inquietud persistió cuando me volví y caminé por el pasillo. Me repetía las mismas palabras, aunque mi instinto insistía en que me mantuviera alerta en su presencia.
Cuando llegué al piso de Apollo, me invadió esa sensación tan familiar. Caminé hacia mi escritorio, frente a su oficina, dejé el bolso y miré a mi alrededor. Sonreí sin darme cuenta.
Miré hacia la oficina de Apollo. La luz estaba encendida, pero él no estaba adentro.
Extrañaba eso.
Extrañaba sentarme ahí, tensa y nerviosa por cualquier pequeño error, siempre pendiente de su presencia al otro lado de la puerta. Sentir su mirada incluso cuando no me miraba directamente. Cómo sus caricias siempre me aceleraban el corazón y me llenaban de ansiedad y emoción que no sabía manejar.
Estar con él me había cambiado. Me enseñó que la vida no era para vivirla en piloto automático, atrapada en la misma rutina todos los días.
Rutina.
La palabra me hizo detenerme. Incliné un poco la cabeza y mis pensamientos tomaron un rumbo inesperado.
Charles y mi familia.
Todo había sido tan caótico últimamente que ni siquiera había pensado en ellos. Se me hizo extraño darme cuenta. Antes eran toda mi vida.
Me pregunté cómo estaría Charles. Era un hombre complicado que nunca llegó a entenderse a sí mismo, pero no era una mala persona.
Aunque me había lastimado, quería lo mejor para él de corazón. Aun así, sabía que mantener el contacto, incluso como amigos, solo terminaría haciéndonos daño a los dos. Y, pese a todo, no podía evitar preocuparme por él.
En lugar de llamarlo directamente, saqué el celular del bolso para llamar a una de sus amigas. Tenía su número porque trabajaba con Charles y solía llamarme cuando él se emborrachaba y necesitaba que alguien lo llevara a casa.
El celular sonó dos veces antes de que contestara.
—Hola, ¿quién habla? —preguntó al otro lado de la línea.
Respiré hondo antes de responder.
—Hola, soy Grace.
Hubo una breve pausa y enseguida cambió de tono.
—Ay, hola. ¿Cómo estás? Qué gusto escuchar tu voz.
Sonreí apenas.
—Igualmente. Eh... perdona que te moleste, pero quería preguntarte por Charles. ¿Está bien? —pregunté y luego añadí—: Por favor, no le digas que llamé.
Se quedó callada un momento. Cuando volvió a hablar, lo hizo con cautela.
—Ah, no te enteraste.
Fruncí el ceño.
—¿De qué?
Suspiró.
—Es comprensible. Intentan mantenerlo en secreto, así que solo unos pocos lo saben. Pero te lo diré porque estás preocupada por él. —Hizo una pausa y habló despacio—. Charles y su familia quedaron en bancarrota.
Me quedé paralizada.

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