Grace
“Señorita Grace, por ahora estamos manteniendo en secreto el incidente del baño, pero algunas personas lo presenciaron. Es cuestión de tiempo para que se corra la voz. Para proteger su identidad, siga usando la peluca y los lentes por el momento. Todavía no podemos arriesgarnos a llamar la atención sobre usted ni permitir que nadie descubra quién es”.
Recordaba las palabras que Austin me había dicho la noche anterior mientras, sentada en el asiento trasero del taxi, miraba por la ventana el alto y conocido edificio de Reed Corporation. Su fachada de vidrio reflejaba la luz de la mañana. Era fría e imponente, como el hombre que lo dirigía.
Anoche, después de cenar, no pude dormir. No lograba calmarme; le daba vueltas y vueltas a todo. Pensaba en Apollo, en lo que sentía por él y en que no podía seguir convenciéndome de que era imposible que alguien me amara. Que me hubieran lastimado una vez no significaba que estuviera condenada a sufrir de nuevo.
Siempre tuve la costumbre de huir. Cada vez que una situación me superaba, elegía escapar. Me decía que era más fácil no enfrentarla.
Pero esta vez era diferente. Esta vez, ya no iba a esconderme. Aunque Apollo no sintiera por mí lo que yo esperaba, no me odiaría por haber decidido no huir.
—Señorita, ¿está bien? —preguntó el taxista, mirándome por el retrovisor.
Parpadeé, volví a prestar atención y asentí.
—Sí, disculpe. Estaba distraída.
—Está bien. ¿Trabaja aquí? —preguntó el taxista.
Me volví hacia él y le examiné la cara. Parecía inofensivo y curioso, sin nada que ocultar.
Asentí.
—Ah, qué suerte tiene —dijo con cierta admiración—. Dicen que es casi imposible entrar a esa empresa. Todos quieren trabajar para la familia Reed. Pero también escuché que él es un hombre peligroso, que es frío con todos los que lo rodean. Incluso dicen que golpeó a empleados que lo contrariaron. Debe ser difícil trabajar con alguien así. Me da pena por usted.
Lo miré un momento sin decir nada. Metí la mano en el bolso, saqué unos billetes y se los entregué. Los aceptó con un gesto cortés y una sonrisa tímida e incómoda.
Bajé del auto, pero antes de alejarme, algo me hizo detenerme. Me volví e incliné un poco la cabeza hacia el interior por la ventanilla.
El hombre se sorprendió.
—¿Necesita algo? —preguntó, alzando las cejas.
—No.
—¿No? —repitió, inseguro.
—Él no es así. Puede ser frío y peligroso, pero no es un mal hombre. Es un buen jefe. Es justo con quienes demuestran lo que valen. Reconoce la capacidad de las personas, incluso cuando nadie más lo hace. Respeta el esfuerzo. Por favor, no crea todos los rumores que escucha.
El taxista me miró un momento y luego asintió despacio.
—Sí, señorita.
Le respondí con una inclinación de cabeza y por fin me volví hacia el edificio.
Entré y pasé por el control de seguridad. Uno de los guardias estaba apoyado con desgano en su puesto y se llevaba un sándwich a la boca. En cuanto me vio, se quedó inmóvil.
—Tú... —empezó a decir, señalándome la cara con los ojos muy abiertos.
Lo miré un instante a los ojos y se atragantó; el sándwich se le cayó de la boca.
Lo reconocí. Era el guardia de seguridad que nos había visto a Apollo y a mí aquel día en la empresa, cuando estaba borracha y me le insinuaba sin vergüenza. El mismo que después difundió los rumores de que Apollo estaba saliendo con una mujer.
Estaba a punto de decir algo, pero lo saludé con una inclinación de cabeza, como si fuera una mañana cualquiera, y pasé de largo.

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