Apollo
Me recosté en la silla y fruncí el ceño mientras estudiaba al hombre sentado frente a mí. Él, en cambio, parecía demasiado relajado y mantenía una sonrisa confiada, como si ya hubiera decidido que todo saldría a su favor. Se inclinó hacia delante, con los dedos apoyados despreocupadamente sobre la mesa. Me observaba con un brillo de interés en los ojos, como un depredador seguro de que su presa ya no tenía adónde huir.
—Entonces, ¿qué le parece...?
—No.
Mi voz resonó en la sala de juntas. Aquella única palabra produjo un eco y todos los ejecutivos sentados a la mesa se quedaron inmóviles. Percibía su desconcierto y su inquietud, pero ninguno se atrevía a hablar. Ninguno era tan necio como para interrumpirme. El único que parecía no inmutarse era el hombre que tenía enfrente.
Me miró fijamente durante un segundo antes de echarse a reír y recostarse en la silla, como si acabara de contarle el chiste más gracioso. Se secó una lágrima imaginaria y volvió a mirarme. Alzó una ceja e inclinó un poco la cabeza.
—¿No? —repitió con desenfado—. ¿Por qué no, señor Reed? Todos los que conozco hablan maravillas de usted. Dicen que es el mejor empresario que han conocido. Que nunca deja pasar un buen trato cuando lo tiene enfrente. Es peligroso, decidido y despiadado cuando hace falta.
Sonrió.
—Hasta mi hermano, que casi nunca habla de nadie, lo elogia. Dice que es el único hombre digno de su atención. Así que dígame, ¿por qué rechaza un trato tan perfecto como el que le ofrezco?
Volvió a inclinarse hacia delante y bajó un poco la voz.
—Pido muy poco a cambio. Mi reputación es intachable, mi familia es rica y ni siquiera necesito esta sociedad para subsistir. Sin embargo, le hago una sola petición y usted la rechaza. ¿Es mentira todo lo que dicen de usted, señor Reed, o es que no reconoce un buen trato cuando lo tiene enfrente?
Lo miré con indiferencia y entrecerré los ojos mientras le estudiaba la cara. Tamborileé con los dedos sobre el escritorio; el sonido suave y rítmico rompía el tenso silencio de la sala. Siempre lo hacía cuando estaba sumido en mis pensamientos.
—Precisamente por eso —dije con calma—, no voy a aceptar tus condiciones.
Por un momento, le desapareció la sonrisa.
—Tu trato es demasiado perfecto y conveniente. Por intachable que sea tu historial, lo que pides es imposible. Jamás te entregaré a mi empleada solo porque tú lo pidas.
Sonrió con sarcasmo; se estaba divirtiendo.
—¿Es imposible porque es su empleada o porque es precisamente ella a quien le pedí?
No le respondí. No hacía falta. El ambiente se volvió más opresivo; me puse tan serio que nadie se atrevía siquiera a respirar muy fuerte. Di un solo golpe con el dedo sobre la mesa.
—Mis motivos no son asunto tuyo —dije con frialdad—. Esta reunión terminó.
Eché la silla hacia atrás para levantarme cuando llamaron a la puerta. Antes de que pudiera hablar o de que alguien reaccionara, la puerta se abrió.

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