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Compláceme, Papi romance Capítulo 169

Grace

No me quedé en la bañera después de que él se fue. Me lavé rápido, salí y me puse la primera ropa limpia que encontré, una blusa blanca holgada y unos shorts de tela suave. Nada especial. Con Apollo Reed abajo, debería haberme esmerado más, pero no tenía tiempo que perder.

Todavía tenía el cabello húmedo, así que me lo peiné con los dedos y me hice una cola de caballo. Hice lo posible por parecer al menos un ser humano.

Sin pensarlo dos veces, me di la vuelta y salí corriendo del cuarto.

Bajar las escaleras era como caminar hacia mi ejecución. Bajaba demasiado rápido y a tropezones. El corazón me latía con tanta fuerza que parecía habérseme atorado en la garganta y no me dejaba respirar. Casi me tropecé con mis pies.

Dios. Aquello iba a ser un desastre. Un desastre peor que todo lo que había pasado en la bañera.

Sabía que decía imprudencias cuando entraba en pánico, pero Eleanor y Liana eran peores. Ninguna de las dos tenía filtro. Todo lo que se les pasaba por la cabeza les salía por la boca.

Eso significaba que Eleanor seguramente le estaba tomando el pelo y diciendo cosas que jamás debería decir. Y Apollo no era alguien a quien uno pudiera molestar así como así. A menos que quisiera morirse.

No podía dejar que lo ofendieran. No me importaba si me hablaba mal a mí; el enojo conmigo nunca le duraba y, la mayoría de las veces, yo sabía cómo tratarlo. Al fin y al cabo, cuando se enojaba conmigo, me castigaba de maneras que me dejaban temblando, empapada y desesperada por más. Pero ¿con los demás? Era otra historia. Ninguno de los que se habían enfrentado a él había salido precisamente ileso.

Se me revolvió el estómago. ¿Y si ya habían dicho alguna estupidez? Ya me imaginaba toda una lista de desastres, cada uno peor que el anterior. Aceleré el paso y me sujeté del pasamanos mientras bajaba a toda prisa.

Me preparé para el caos. Al llegar al último escalón, tomé aire y abrí la boca.

—Eleanor, tú...

Las palabras se me atoraron en la garganta en cuanto entré en la sala.

Por un momento, hasta me pregunté si me habría equivocado de casa. Lo que tenía delante no tenía sentido. Mi cerebro no lograba procesarlo.

Apollo, el hombre más poderoso del país, estaba en aquella sala diminuta. Sentado con las piernas cruzadas y un brazo extendido sobre el respaldo del sofá con despreocupación, irradiaba autoridad. Se veía demasiado elegante e imponente para estar en un sofá que probablemente costaba menos que sus calcetines. Estaba tranquilo, imposible de descifrar y, de alguna manera, lograba que el sofá pareciera caro, como si hubiera pasado toda su vida esperando a que él se sentara.

Pero eso no era lo sorprendente. Lo que me dejó atónita fue la escena en el suelo.

Liana y Lucas, dos pequeños huracanes de caos que no podían quedarse quietos ni cinco minutos, estaban sentados con las piernas cruzadas y los cuadernos abiertos delante. Estaban estudiando.

Los rodeaban libros y apuntes esparcidos por el suelo. Cada uno sostenía un bolígrafo y no apartaba la mirada de la tarea, como alumnos ejemplares nacidos para sobresalir en la escuela.

Parpadeé. Tenía que ser una alucinación causada por la fiebre. Que Lucas estudiara tenía sentido; siempre estudiaba. Pero ¿Liana? Liana, que prefería comer pasto antes que tocar un libro de texto. Liana, que obligaba a Lucas a que le resolviera la tarea porque estudiar iba contra su religión, ahora sí lo estaba haciendo.

Y, para colmo, Apollo les daba clases. Les señalaba los errores en un tono que nunca le había oído. Cuando Lucas preguntaba algo, Apollo se inclinaba un poco hacia él y le explicaba la respuesta como si tuviera todo el tiempo del mundo. Cuando Liana dudaba, él daba un toquecito en el renglón correcto del cuaderno y esperaba a que lo corrigiera.

Sentí que el alma se me salía del cuerpo. Aquel hombre aterrador, intimidante e intocable estaba sentado en mi casa ayudando a dos niños con la tarea, como si fuera lo más normal para un martes por la noche. Mi cerebro dejó de funcionar. Mis pulmones también. No podía moverme. ¡Todo dejó de funcionar!

Me quedé ahí, atónita, paralizada, mirándolos como una idiota.

¿Qué carajos estaba pasando?

—¿Vas a quedarte ahí parada todo el día?

Aquella voz grave me sacó de mis pensamientos. Levanté la cabeza y salí del estupor que me tenía paralizada. Apollo seguía sin mirarme directamente. Observaba con calma las hojas de ejercicios de Liana y Lucas, pero, de algún modo, yo sentía que tenía toda su atención.

Liana y Lucas se volvieron al escucharlo y, en cuanto me vieron, se iluminaron de alegría.

—¡Tía!

Antes de que pudiera abrir los brazos, corrieron a toda velocidad y chocaron contra mi cintura. Retrocedí tambaleándome y alcancé a apoyar una mano en la pared para no caerme. Se aferraron a mí con tanta fuerza que casi terminé en el suelo.

—H-hola, niños —susurré mientras les acariciaba la cabeza—. ¿Cómo están?

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