Grace
Eleanor me miró largo rato, examinándome la cara. Luego se rio. Se cubrió la boca e intentó contenerse, pero los hombros le temblaban.
Fruncí el ceño y me volví hacia ella.
—Eleanor, hablo en serio —dije en voz baja y tensa.
Me sonrió, todavía divertida.
—Sé que hablas en serio, se te nota. Siempre que te pones seria, te sale esa arruguita de frustración entre las cejas. Así que relájate. No pasa nada.
¿Que no pasaba nada?
Casi resoplé de incredulidad. No pasaba nada si pasábamos por alto que Apollo Reed estaba sentado en nuestra sala como si fuera su casa. No pasaba nada si no era mi jefe ni el hombre más poderoso del país. No pasaba nada si no les estaba dando clases a los niños como un tutor privado.
Exhalé despacio y me froté las sienes, como si con eso pudiera cambiar la realidad.
—¿Al menos sabes por qué está aquí? —pregunté en voz baja.
Eleanor parpadeó y ladeó la cabeza como si la respuesta fuera evidente.
—¿No está claro? —dijo—. Vino a verte porque estaba preocupado.
Me tensé.
—¿Estaba... preocupado?
Asintió sin dudar.
—Claro. Incluso vino ayer. ¿No te acuerdas?
—¿Ayer?
Eleanor se recargó contra la pared. Estaba disfrutando demasiado de todo aquello.
—Sí, ayer. Cuando vino, en cuanto te tocó, te aferraste a él delante de todos y no quisiste soltarlo. Lo arrastraste a la cama como si fuera una almohada, Grace. No dejabas de decirle que lo extrañabas y no lo dejaste irse hasta la mañana.
Sentí que todo a mi alrededor se inclinaba.
Me quedé mirándola, con la boca cada vez más abierta, mientras sus palabras se repetían en mi cabeza. Lo arrastraste a la cama. Lo usaste de almohada. Le dijiste que lo extrañabas. No lo dejaste ir.
El corazón empezó a latirme tan fuerte que lo oía retumbar en los oídos.
—E-espera —tartamudeé y me acerqué un paso—. ¿Eso no fue un sueño?
Volvió a reír y negó con la cabeza.
—¿Un sueño? No, amiga. Pasó de verdad.
Sentí que me quedaba pálida.
—La verdad, hasta me dio lástima —continuó Eleanor, como si nada—. No te le despegabas ni un segundo. No sé cómo logró aguantarse las ganas de tocarte. Te enroscaste a su alrededor como un pulpo.
—Dios mío —exclamé con un jadeo y retrocedí un paso, tambaleándome, mientras me ardía la cara.
Me llevé las manos a la boca cuando los recuerdos me golpearon de pronto. Unos brazos cálidos, un pecho firme, unos dedos que me acariciaban el cabello, la seguridad que sentía al acurrucarme contra él.
No había sido un sueño.
Ahora lo recordaba.
***
Recuerdo.
Lo primero que percibí fueron las voces.

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