Grace
Desde pequeña sabía algo sobre mí que nadie más había notado. Siempre tuve dos personalidades.
La chica amable que sonreía incluso cuando no tenía ganas. La que se disculpaba primero, la que soportaba todo en silencio, la que dejaba que los demás le quitaran cada vez más sin exigir nunca nada a cambio. Esa era la versión de mí que todos conocían. La que los profesores elogiaban y a la que todos llamaban bondadosa. La que, según ellos, jamás sería capaz de hacerle daño a una mosca.
Y luego estaba mi otra faceta.
La cruel.
Esa parte de mí siempre existió. Observaba con calma cada vez que me llevaban al límite, cada vez que me humillaban, cada vez que alguien intentaba recordarme cuál era mi lugar. Yo me controlaba frente a los demás.
Ni siquiera Eleanor y Wyatt la habían visto de verdad. Pero ya no iba a seguir fingiendo. Si estaban decididos a llevarme a ese extremo, merecían ver exactamente lo que habían despertado.
—Grace...
Agarré a Piper del cabello y tiré de ella hacia mí. Su alarido resonó en la sala de interrogatorios cuando la estrellé contra la pared. Primero se golpeó la espalda y luego un costado de la cabeza. Cayó al suelo y se llevó las manos al cuero cabelludo. Su cuerpo se deslizó un poco y la sangre empezó a brotar de la herida; le bajó por la frente hasta meterse en los ojos.
—¡Aaah! ¡Mi cabeza... mi cabeza! —Se sujetaba la cabeza con desesperación, presionando la herida con los dedos.
La observé, indiferente. Su dolor no me importaba.
Avancé un paso. Piper lo vio y entonces sintió verdadero miedo. Abrió mucho los ojos, se le dilataron las pupilas y alzó la mano libre para protegerse mientras retrocedía a toda prisa por el suelo.
—¡Estás loca! ¡Atrás, aléjate de mí, carajo!
Qué interesante.
Ahora sí entraba en pánico. Apenas unos minutos antes se mostraba tan segura de sí misma.
—¡Te dije que te alejaras, mierda! —gritó con voz temblorosa—. ¿Te volviste loca? ¡Cómo te atreves a pegarme! ¿Sabes lo que estás haciendo, enferma de mierda?
No me molesté en responder. Cuando llegué hasta ella, me incliné y le di una cachetada. La cabeza se le fue hacia un lado; ella gritó mientras los ojos se le llenaban de lágrimas. Se sujetó la mejilla con las manos, que le temblaban sin control. Antes de que pudiera apartarse, la agarré del mentón y la obligué a mirarme.
Incliné un poco la cabeza y estudié su expresión.
—Tú...
—No estés llorando, Piper —murmuré con calma—. Esto apenas comienza.
Le di otra cachetada. El golpe resonó y ella gritó, desesperada.
—¡Ayuda! ¡Ayúdenme! ¡Que alguien me ayude, por favor! —suplicó entre sollozos, con la voz quebrada—. ¡Me va a matar! ¡Por favor, que venga alguien!
Sus súplicas no me conmovían. En todo caso, me divertían. Tenía el descaro de suplicar. Sonreí despacio, con sarcasmo, y me acerqué más a ella. Bajé la voz y le repetí sus propias palabras, sílaba por sílaba.
—¿Ahora lo entiendes? —susurré en tono burlón—. “Así funciona el poder. Hagas lo que hagas, siempre voy un paso adelante. Yo tengo gente que me respalda; tú no tienes a nadie. Nadie te salvará. Solo eres una mujer desechable”.
Me enderecé un poco y dejé que asimilara mis palabras.
—Ahora sigamos donde nos quedamos.
Se le cortó la respiración y abrió los ojos con puro terror, como si tuviera a un demonio delante.
—Dios mío —balbuceó—. ¿Qué hice?
***
Respiraba de forma irregular, como si hubiera corrido kilómetros sin parar. El sudor me resbalaba por las sienes y goteaba desde la mandíbula hasta empapar el cuello del vestido. El cabello, húmedo y pegajoso, se me adhería a la frente. Por más que lo apartara, los mechones seguían pegados a la piel.
Bajé la mirada.
Piper yacía desparramada en el suelo, inmóvil. Ya no era la mujer engreída y hermosa de antes.
Estaba destrozada.
Tenía la cara hinchada y roja, la piel manchada y los labios un poco partidos. Le costaba respirar y apenas conseguía tomar aire. De vez en cuando dejaba escapar un leve quejido. La mujer que antes despreciaba a todo el mundo ahora ni siquiera podía levantar la cabeza.
La miré durante un largo rato, sin expresión alguna.
No sabía cuánto tiempo llevaba de pie ahí. Había perdido la noción del tiempo. Solo sabía que por fin se había hecho el silencio en la sala y que ella no se había movido desde entonces.
Me dolían los músculos mientras seguía de pie, pero sentía una calma inquietante. Me pasé la mano por el cabello y lo eché hacia atrás para apartármelo de la cara mientras la miraba por última vez.
—Será mejor que no volvamos a vernos —dije—. La próxima vez no te dejaré con vida.
No esperé a que respondiera. Me di la vuelta. Caminé hacia la puerta con paso firme. Salí de la sala de interrogatorios y cerré detrás de mí. El sonido resonó por el pasillo.
En cuanto la puerta se cerró, sentí que decenas de personas se volvían a mirarme. Nadie se movía ni respiraba demasiado fuerte. Me quedé quieta un momento. Había muchos policías amontonados en el pasillo, todos mirándome. No tenía idea de cuánto tiempo llevaban ahí, dejando que todo sucediera.
—¿Viste? Golpeó a esa mujer hasta dejarla inconsciente.
—Sí. La otra gritaba pidiendo clemencia y ella ni siquiera parpadeaba.

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