Apollo
Sonó mi celular.
Miré la pantalla y vi el nombre de Austin. Contesté y activé el altavoz. Al otro lado de la línea, habló con cautela.
—Lamento molestarlo, señor, pero la señorita Grace me pidió algo. Acepté, aunque creí que sería mejor consultarlo primero con usted.
Incliné un poco la cabeza y tamborileé con los dedos en el apoyabrazos. Austin era inteligente. Por lo general, no necesitaba mi autorización para atender las peticiones de Grace; debía darle lo que quisiera. Si me llamaba ahora, era porque no se trataba de algo trivial.
Me recosté en el asiento.
—¿Qué pasa?
Austin exhaló despacio, como si eligiera las palabras con cuidado.
—De regreso a casa, recibí una llamada de la comisaría donde están detenidos los involucrados en el incidente de anoche. Al parecer, los amigos de la señorita Grace fueron esta mañana e hicieron un escándalo.
Austin continuó en voz baja.
—La señorita Grace se preocupó, así que la llevé. Al llegar, me preguntó si podía ver a esas personas y acepté. Ocurrió algo y ahora está en la misma sala que la muchacha que lo organizó todo. Me preocupa que le pase algo malo.
No dije nada. Ya había dejado de tamborilear con los dedos en el asiento. Tras un largo silencio, pregunté:
—¿Cómo estaba ella?
Pareció confundido.
—¿S-señor?
—¿Estaba enojada o parecía triste?
Lo escuché tragar saliva.
—Enojada. Estaba muy enojada. Nunca había visto a nadie así. Parecía dispuesta a matarla.
—Entiendo —murmuré, casi para mí, antes de hablar con más claridad—. Déjala.
Austin se quedó paralizado.
—¿Qué?
—No la detengas. Que mi mujer deje salir su furia. Y cuando termine, encárgate del insecto que la hizo enojar. —Bajé más la voz—. A esa mujer le espera una vida más miserable. Si logró enfurecer a Grace, dijo algo que no debía. Y no tolero que nadie le falte al respeto.
—Me desharé de cualquiera que se atreva a tocar o insultar a mi mujer.
Hubo silencio por un momento. Después, Austin pareció recuperarse de la impresión.
—S-sí, señor. Dejaré a alguien cerca para que esa mujer no le haga daño a la señorita Grace.
—No hace falta. No es tan débil como crees.
Colgué sin esperar respuesta. Dejé el celular en el escritorio y me quedé mirándolo un largo instante.
¿Débil?
Grace no era débil.
Y la idiota que la provocó estaba a punto de aprenderlo por las malas.
—¿Crees que es lo correcto? —Una voz interrumpió mis pensamientos.
Levanté la mirada despacio, como si apenas recordara que había alguien más en el despacho.
River estaba a unos pasos, apoyado en la pared, con una taza de café en la mano. Llevaba el cabello revuelto y, aunque parecía relajado, estaba alerta. Me observaba con atención, como siempre que coincidíamos en el mismo lugar.
Había entrado en mi casa sin invitación hacía un rato. Por lo general, nadie entraba sin permiso. Nadie se atrevía. Pero River parecía creer que podía hacerlo sin sufrir las consecuencias o que le toleraría cualquier cosa por ser de mi familia.
Se equivocaba. Solo a Grace y a mi padre les había permitido esa libertad.
Y, sin embargo, ahí estaba, como si fuera su propia sala. Irrumpió en mi despacho en cuanto llegó y no dejó de decir estupideces.

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