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Compláceme, Papi romance Capítulo 156

Apollo

Me recosté en la silla e incliné un poco la cabeza mientras revisaba el expediente abierto frente a mí. El despacho estaba tan silencioso que hasta el sonido más tenue habría resonado. Golpeteaba despacio con los dedos sobre el escritorio, pero aquel ritmo pausado no conseguía calmar la tormenta que llevaba dentro.

Bajé la mirada al nombre impreso en la primera página.

Jackson Kim.

Su fotografía, sujeta a una esquina, parecía devolverme la mirada. Era el desgraciado que se había atrevido a ponerle las manos encima a Grace. Hasta verlo en una foto me hacía apretar la mandíbula. Volví a sentir la ira que contenía desde la noche anterior.

Anoche me contuve por ella.

Si no me hubiera suplicado que parara, si no se hubiera aferrado a mí temblando de aquella manera, habría regresado a ese baño y terminado lo que empecé. Habría acabado con todos y cada uno de ellos. Pero lastimarlos delante de ella solo la habría aterrorizado. Y me negaba a asustarla.

Se habían equivocado de mujer al drogarla, acorralarla y ponerle las sucias manos encima. Habían elegido a la única mujer a la que jamás debieron siquiera mirar.

Habían elegido a mi mujer. Hablé sin levantar la mirada.

—Dime, Austin. ¿Qué pasó con lo que te pedí?

Austin estaba erguido frente a mí y respondió.

—Ya me encargué de todos los involucrados, señor. Sus familias también están sufriendo las consecuencias. Los responsables directos están en prisión. Hablé con el juez; se asegurará de que las condenas sean más severas y prolongadas por lo que le hicieron a la señorita Grace.

Fruncí el ceño. Sabía que los jueces me harían caso y cumplirían mis deseos; tenía a tantas personas poderosas en la palma de la mano. Pero sus palabras no me satisficieron.

El castigo no bastaba para lo que le habían hecho.

—Haz de su vida en prisión un infierno —dije, sin apartar la mirada de la fotografía—. No me importa lo que tengas que hacer. No les permitas ni un momento de paz.

Austin asintió sin dudar.

—Sí, señor. Me encargaré. —Hizo una pausa y añadió, como si acabara de recordar algo—: Esta mañana me enteré de que el señor Reed también está usando todos sus contactos para asegurarse de que paguen por lo que hicieron. ¿Quiere que le diga que yo me ocuparé?

Dejé de golpetear sobre la mesa y lo miré. Casi todos veían a mi padre como un hombre amable e indulgente. Era despreocupado y se tomaba las cosas con calma. Si hubiera que ponerle un porcentaje a su tranquilidad, sería del noventa y nueve por ciento. ¿Y el uno por ciento restante? Esa era su faceta peligrosa.

A la gente le gustaba describirme como un hombre sin corazón, capaz de lastimar sin titubear a cualquiera que se interpusiera en su camino. Pero mi padre era más despiadado. Cuando se enojaba, no se detenía ante nada para vengarse. Aunque muriera, se aseguraría de que quien le hubiera hecho daño siguiera sufriendo.

Negué con la cabeza. Ahora estaba furioso y, cuando se enojaba, nadie podía detenerlo. Tampoco era que yo quisiera frenarlo.

Me pasé una mano por el cabello y exhalé despacio. Al rozar con los dedos los arañazos que me había dejado esa mañana, un dolor intenso me recorrió la espalda. Tenía marcas largas y rojas sobre la piel; me había clavado las uñas cuando perdió el control bajo mis caricias. Ni siquiera se dio cuenta de la fuerza con que me arañaba. Estaba demasiado perdida en el placer para pensar.

En vez de molestarme, el recuerdo despertó en mí un deseo oscuro y ardiente. El escozor de aquellos arañazos me resultaba satisfactorio. Era un recordatorio físico de cuánto me deseaba. Me había marcado por todas partes.

Me gustaba saber que había perdido el control. Me gustaba saber que apenas podía respirar sin pronunciar mi nombre. Me gustaba saber que se había entregado a mí.

“Eres mío. Eres mi hombre”.

Aquellas palabras resonaron de nuevo en mi mente y se adueñaron de algo que ni siquiera sabía que existía dentro de mí. Me pusieron de buen humor.

Después de que me vine dentro de ella, Grace temblaba tanto que apenas podía moverse. En cuanto la sequé y la acosté, se quedó dormida. Mierda... Incluso después de hacerla venir tantas veces, quería más. Ya no podía controlarme cuando estaba con ella.

—Señor —me llamó Austin.

Levanté la mirada del expediente y alcé una ceja.

—¿Qué pasa?

—Están circulando rumores sobre usted y la señorita Grace. Aunque usé sus contactos para que su cara no apareciera en los medios, la mayoría de los invitados al evento la vieron bien. Y los empleados... Bueno, todos saben que fue a ella a quien sacó en brazos. Es cuestión de tiempo que alguien revele su identidad. —Hizo una pausa y continuó con cautela—: ¿Quiere que emita un comunicado diciendo que fue un malentendido, que usted solo ayudaba a una empleada?

Lo miré fijamente.

—¿Una empleada? —pregunté con calma, pero Austin se quedó paralizado de todos modos—. ¿Quién dijo que es “solo” una empleada?

—¿Q-qué?

—Parece que estás entendiendo algo mal —dije mientras me recostaba en la silla—. Grace no es solo una empleada. Y no me importa lo que piensen los demás ni que se haga pública la verdad sobre mi relación con ella.

Austin parpadeó varias veces y fue abriendo la boca, como si no pudiera comprender mis palabras. Me miraba como si estuviera frente a un desconocido.

—¿Quiere que lo haga público, entonces? —preguntó.

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