Grace
El agua tibia me recorría la piel y me provocó un escalofrío por la espalda.
Respiraba demasiado agitada; mi pecho rozaba el suyo con cada inhalación y me aferraba a su cuello. Apollo me besó a lo largo de la garganta y me aceleró el pulso. Gemí bajito, con la voz entrecortada, cuando subió la boca y me besó la mandíbula, la mejilla y, por fin, los labios. Cuando se apartó, me incliné hacia él.
Aquello era una locura. Nunca me habían cogido hasta dejarme incapaz de pensar. La primera vez que nos acostamos, Apollo fue despiadado. Pero aquello era mucho peor.
No me soltaba ni paraba, sin importar cuántas veces me viniera. Y lo peor, lo que me revolvía el estómago, era que él todavía no se había venido ni una sola vez.
Cuanto más lo pensaba, más fuerte me latía el corazón. ¿Se contenía porque no quería venirse o porque yo no era lo bastante buena para lograrlo? La segunda opción me heló la sangre. Si no le bastaba, iba a perder la cabeza. Pero esos gemidos graves, cómo se le tensaba la cara de placer al moverse dentro de mí...
No, sin duda disfrutaba estar dentro de mí. Fuera como fuera, esa vez iba a hacerlo venir.
Apollo se acomodó un poco y vi que se agarraba la verga. Se me cortó el aliento. Seguía dura, gruesa, surcada de venas; palpitaba como si él apenas pudiera contenerse. Una gota de agua le cayó del cabello justo en la punta y él se estremeció al contacto, como si incluso eso bastara para llevarlo al borde. Se masturbó despacio, con la mandíbula apretada y los músculos tensos, y deslizó la cabeza de la verga sobre mi clítoris hinchado.
Gemí y lo apreté más entre las piernas.
—¡Ay, Dios!
Me sacudí y le clavé los dedos en la nuca. Estaba tan sensible que cada roce en el clítoris parecía una descarga eléctrica.
No me dio tiempo de respirar.
Un segundo antes, su verga me recorría el clítoris, torturándome; al siguiente, me la metió hasta el fondo de un golpe brutal que me dejó sin aire. Casi grité. Sentí el grito desgarrarme la garganta y tuve que morderme el labio para contenerlo.
No sabía si era por el agua tibia, que hacía que todo resbalara mejor y se sintiera más intenso, o porque ya me había destrozado, pero en cuanto entró me contraje alrededor de él.
Qué rico se sentía.
—Mierda...
Apollo también lo sintió. Dejó caer la cabeza en mi hombro y me rozó la piel con su aliento caliente, como si necesitara un segundo para sobrevivir a aquella primera entrada. Me apretó el culo con ambas manos tan fuerte que me cortó el aliento.
—Maldita sea —dijo con un gruñido contra mi cuello—. Se siente tan jodidamente rico que casi me vengo dentro de ti.
Sus palabras me provocaron un escalofrío por la espalda. Sin pensarlo, lo arañé con tanta fuerza que siseó. Levantó la cabeza y me miró.
No había dulzura ni ternura en sus ojos color avellana. Oscurecidos, de pupilas dilatadas y llenos de hambre, parecían revelar algo salvaje que apenas lograba contener. Antes de que pudiera decir algo, me agarró ambas muñecas y me las sujetó por encima de la cabeza contra la pared mojada de la ducha. El agua nos corría por los brazos mientras me sostenía sin esfuerzo con una sola mano. La otra seguía en mi culo, firme y posesiva.
—Apollo... —exclamé entre jadeos, pero el resto se me deshizo en la lengua cuando se retiró, con una lentitud tortuosa que me permitió sentir cada centímetro al salir. Luego volvió a metérmela tan fuerte que se me nubló la vista. Un gemido se me escapó cuando se pegó todo a mí.
—Grace... —murmuró como si estuviera volviéndose loco.
Antes de que pudiera reponerme, me apretó más el culo y me guio las caderas hacia él cuando volvió a entrar.
—¡Ah, carajo, sí! —grité sin poder contenerme. El sonido resonó entre los azulejos.

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