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Compláceme, Papi romance Capítulo 157

Grace

Miré el precio en mi celular. El corazón me latía con tanta fuerza que sentía el pulso en la garganta. En la pantalla brillaban unos números grandes y en negrita que me revolvían el estómago.

—No puede ser —murmuré, incrédula. Parpadeé y me froté los ojos con el dorso de la mano, como si eso pudiera corregir por arte de magia la cifra que tenía delante. Pero cuando volví a mirar, seguía igual.

Cincuenta. Millones. De dólares.

¡Qué carajo!

Me quedé con la boca abierta. Me hundí en el asiento y no pude dejar de sentir el collar alrededor del cuello. Ahora parecía pesar el doble y casi me quemaba la piel.

No sabía si ese calor se debía al precio absurdo o a que Apollo, el hombre más aterrador y poderoso que conocía, me había comprado algo tan extravagante como si nada. Tal vez fueran ambas cosas. A esas alturas, ya no sabía qué pensar.

Me sorprendió cuando me lo puso al cuello. Mi primer impulso fue rechazarlo; parecía carísimo. No me malinterpreten, me conmovía que hubiera pensado en mí mientras estaba en París y que se hubiera tomado la molestia de traerme algo. Hasta un regalo pequeño habría significado mucho para mí.

Pero eso no era pequeño. Era una joya que valía más que todo lo que había tenido en mi vida. ¿A quién quería engañar? Ese collar probablemente valía más que todo mi barrio.

En cuanto subí al auto, me ganó la curiosidad y tuve que buscarlo en internet. Ahora, al ver el resultado, no podía evitar preguntarme si aquello era real.

Levanté la mano y toqué el dije con cuidado, como si fuera una bomba a punto de estallar.

¿Estaba bien que aceptara algo así? ¿Era moralmente aceptable llevar puesto algo que valía cincuenta millones de dólares?

Nunca me habían consentido tanto.

Me recosté un poco más y miré por la ventana, intentando poner en orden mis pensamientos. El collar no era lo único que me tenía confundida. Apollo era un problema mucho mayor.

Se estaba comportando de otra manera. Antes me decía que había una explicación sencilla para que me llamara su mujer, fulminara con la mirada a cualquiera que se atreviera a mirarme o me cargara delante de todo el mundo. Me deseaba. Era un hombre poderoso, acostumbrado a tomar lo que quisiera, así que tenía sentido.

Al menos esa explicación no me asustaba. Pero cuanto más lo pensaba, más difícil era negar la verdad. Apollo no necesitaba ser posesivo, protector, tierno ni atento solo para acostarse conmigo. Si me quería, le bastaba con decir una palabra y yo obedecía. No tenía que cocinar para mí, bañarme ni cargarme como si fuera frágil. Aun así, hacía todo eso.

Empezaba a sentir que sus palabras iban más allá del deseo. Que las decía en serio. Lo nuestro se estaba convirtiendo en algo más que una relación sexual.

Y eso me llevaba a la pregunta más importante de todas.

¿Qué éramos exactamente?

Decía que yo era su mujer. ¿Eso significaba que era su novia? ¿Él pensaba en esas cosas? ¿Alguien como Apollo creía en ponerle nombre a una relación? ¿Y yo quería definir la nuestra?

Cerré los ojos y me presioné la sien con los dedos. Empezaba a dolerme la cabeza. Cuantas más vueltas le daba, más confundida me sentía.

—Señorita Grace, ¿está bien?

Abrí los ojos y miré el espejo retrovisor. Austin me observaba con preocupación, con el ceño fruncido.

—¿Le duele la cabeza? ¿Quiere que la lleve al hospital?

—Ah, no —me apresuré a decir, negando con la cabeza—. Estoy bien, de verdad. Solo estaba pensando, nada más. Perdón por preocuparlo.

Austin sonrió y negó con la cabeza.

—No se disculpe. Ayer pasó por momentos muy difíciles. Es comprensible que esté cansada. Pronto llegaremos a su casa.

Le devolví la sonrisa y asentí.

Antes había querido volver a casa por mi cuenta, pero Austin insistió. En realidad, casi me amenazó, aunque con delicadeza, al decirme que Apollo lo despediría si me dejaba tomar un taxi. No quería que nadie se preocupara por mi culpa y seguía adolorida y sentía el cuerpo pesado, así que acepté.

Viajábamos en silencio. Austin no intentaba conversar, mirarme sin motivo ni comportarse de forma extraña, aunque sabía lo que había pasado entre Apollo y yo en el auto.

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