Apollo
No tenía idea de cuántas veces se había venido. ¿Dos? ¿Tres? ¿Más? Solo sabía que mi pene seguía entrando en ella y que estaba empapada; sus jugos nos cubrían a ambos.
El sonido de nuestra piel mojada al chocar resonaba por la cocina y hacía que mi pene palpitara con más fuerza mientras me hundía en ella. Con una mano la sujetaba por la cintura, bien pegada a mí, y con la otra le agarraba la pierna que tenía sobre mi hombro para mantenerla inmóvil. No le daba ninguna oportunidad de escapar, aunque tampoco habría podido intentarlo.
Con cada movimiento llegaba más hondo, y sus paredes se contraían a mi alrededor como si estuvieran hechas solo para mí. Sentir cómo su sexo me tragaba y escuchar sus gemidos era una adicción. Nunca tenía suficiente. Seguí penetrándola duro, cada segundo más salvaje.
El sudor me corría por el pecho y goteaba sobre el abdomen. Con esa embestida le di de lleno en el punto G. Se estremeció y lanzó un grito desesperado que me impulsó a moverme con más fuerza.
Sus pechos suaves rebotaban con cada golpe brutal de mis caderas. Arqueaba la espalda y me arañaba el abdomen, indecisa entre apartarse y suplicar que siguiera. Y lo deseaba. Incluso agotada y destrozada, su cuerpo seguía respondiendo al mío sin importar hasta dónde la llevara.
Le miré la cara y recorrí su cuerpo con la mirada, maravillado por lo bella que se veía. Cada vez que entraba en ella, veía el contorno de mi pene hundido en su interior, y solo pensarlo me hacía apretar la mandíbula.
—Carajo, eres preciosa.
Las palabras me salieron en voz baja y ronca. Me miró con esos ojos de venadita y se sonrojó aún más; el rubor le bajó por el cuello hasta el pecho.
Dios, no tenía idea de lo que me provocaba.
Gemí y le apreté el muslo al hundirme de nuevo en ella. Encontré con el pulgar su clítoris, ya hinchado y sensible. Primero lo presioné y luego lo froté con movimientos circulares lentos. No dejé de mover las caderas; cada penetración profunda y brutal le arrancaba otro gemido.
—¡Ah... Apollo! —gimió con la voz entrecortada—. ¡Dios mío, otra vez! No puedo...
Su cuerpo decía lo contrario. Me apretaba como si intentara llevarme más adentro; las contracciones rítmicas de su sexo desmentían cada palabra que salía de su boca. No contesté; seguí cogiéndomela como lo necesitaba.
No paraba de decir que no podía y, aun así, no dejaba de venirse. Una y otra vez, como una buena chica que no podía parar aunque lo intentara.
Abrió la boca, echó la cabeza hacia atrás del todo y puso los ojos en blanco.
—¡M-mierda!
Se vino otra vez y me apretó de una forma tan perfecta que parecía querer arrancarme también mi orgasmo. Pero no cedí. Aunque contenerme me ardía como un carajo, aunque me estrujaba como si estuviera hecha para sacarme hasta la última gota, mantuve el control. Quería destrozarla y llevarla al límite tantas veces como quisiera, hasta que yo decidiera que había llegado el momento de dejarme ir.
Cuando por fin dejó de temblar, se quedó tendida, jadeante y cubierta de sudor. Salí despacio y ella se contrajo de inmediato; dejó escapar un quejido agudo mientras su cuerpo intentaba retenerme dentro. Me incliné hacia ella y la vi tragar saliva. Le temblaron los muslos, como si aún no hubiera terminado de venirse.
—Pensé —dije al inclinar la cabeza— que, después de penetrarte tanto, ya no estarías tan apretada. —Bajé la voz—. Pero cada vez me aprietas más.
Se le cortó la respiración. Se mordió el labio, avergonzada, y me pareció aún más irresistible.
Me acerqué para besarle un costado del cuello, pero me apoyó una mano en el pecho para detenerme. Paré al instante y alcé una ceja, a la espera.

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