Grace
—Eres mía. Eres mi mujer.
Esas palabras me golpearon con más fuerza que su embestida. Se repetían en mi cabeza.
No sabía si debía preocuparme más que Apollo estuviera tan adentro de mí que sentía que me abría en dos o que me hubiera dicho esas palabras con tanta facilidad, sin siquiera pestañear.
Yo también lo había dicho, pero para entonces estaba deshecha. Temblaba, chorreaba, casi le suplicaba que me tocara. Estuve a punto de venirme con su lengua, mientras me recorría todo el sexo con la boca, me cogía con la lengua y me rodeaba el clítoris con los labios. Habría dicho cualquier cosa con tal de volver a sentir su boca sobre mí.
Ni siquiera sabía si funcionaría. Las palabras se me escaparon antes de que pudiera pensar. Por primera vez en mi vida, el corazón se me adelantó a la cabeza y decidió hablar por mí. Y en cuanto lo dije, entré en pánico. Esperaba asco, rechazo, quizá esa mirada helada que tan bien le salía. Porque ¿mi hombre? ¿Qué carajos me pasaba? ¿Cómo podía llamarlo así? ¿Por qué sentía esa posesividad por alguien como él, un hombre que no le pertenecía a nadie?
No tenía sentido. Pero lo que no tenía ningún sentido era lo que pasó después.
En lugar de apartarse, Apollo se bajó los pantalones deportivos y los bóxers como si hubiera perdido todo el control, me agarró de los muslos y se hundió en mí de un solo movimiento voraz.
Jadeé al sentir cómo me abría, cómo me llenaba más hondo que nunca. Arqueé la espalda hasta despegarla de la mesa y las piernas se me sacudieron sin control mientras el clítoris me palpitaba, como si intentara adaptarse a lo llena que estaba de pronto.
Nunca me había penetrado con tanta brusquedad ni tan profundo. Sentía que me lo acomodaba todo por dentro.
—¡Dios mío! —grité cuando se hundió todavía más.
Le rodeé el cuello con los brazos e intenté sostenerme, pero el cuerpo no me obedecía. Cerré los ojos mientras mis jugos me escurrían por detrás de los muslos y lo empapaban.
Su voz volvió a resonar en mi cabeza. “Eres mía. Eres mi mujer”.
Sentí un vacío en el estómago. No sabía si era deseo o algo más oscuro, y me faltaba valor para averiguarlo. En ese momento, solo podía sentir cómo me rozaba ese punto, el que me nublaba la vista y hacía que mi cuerpo pidiera más a gritos.
Dios, qué bien se sentía su verga dentro de mí.
—Mierda. Cómo me aprietas, princesa —gimió Apollo junto a mi oído, con una voz grave cuya vibración me provocó escalofríos.
Me rodeó la cintura con un brazo y me apretó contra él, mientras con la otra mano me sujetaba un muslo y me abría de piernas como si fuera suya.
—Mírame. Quiero que mires al hombre que va a destrozarte hasta que ningún otro te satisfaga —dijo.
Ni siquiera se movía y yo ya ardía. Apenas podía pensar, mucho menos hablar.
Abrí los ojos y me encontré con su mirada de deseo. Me miraba con esos ojos color avellana como si en el mundo no existiera nada más que yo.
Mierda, cuánto lo deseaba. Cuando no pude soportarlo más, le supliqué con la voz quebrada de desesperación:
—A-Apollo... Por favor, muévete. Haré lo que sea.
Me observó un momento y se inclinó hacia mí. Dejó los labios tan cerca de los míos que por un segundo casi me olvidé de todo y me acerqué. Pero recordé lo que había pasado con la crema batida y me obligué a quedarme quieta, aunque seguía con su verga hundida dentro de mí.

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