Apollo
Siempre he sido un hombre posesivo por naturaleza. Lo mío era mío. Y nunca dudaba en destruir a cualquiera lo bastante estúpido como para intentar quitarme algo.
Quería que supiera que, después de la noche anterior, ninguno de los dos podía dar marcha atrás. Sin importar lo que pensara ni cuánto intentara huir de mí, ahora era mía y siempre lo sería.
No sabía qué respuesta esperaba, pero ninguna de las que me daba, por razonables que fueran, me dejaba satisfecho. Algo muy dentro de mí se rebelaba contra ellas. No sabía por qué. Aunque no entender algo tampoco significaba que me disgustara.
De hecho, me gustaba. Mucho más de lo que debería.
Perder el control por primera vez en años me resultaba emocionante. Me fascinaba cómo me miraba con los ojos muy abiertos por la sorpresa, como si no supiera qué iba a pasar. Como si percibiera que algo cambiaba en mí.
Quería ver hasta dónde llegaría todo aquello. Hasta dónde podía llevarme ella. Hasta dónde llegaría yo por ella.
Era como despertar un nuevo día sabiendo ya que algo había cambiado para siempre. Y la mujer que yacía semidesnuda sobre mi mesa, abierta para mí, era el cambio que no sabía que necesitaba.
Lo primero que sentí fue su sabor dulce; sus fluidos se mezclaron con la crema batida fría en mi lengua. Gemí y apreté la mandíbula ante aquel sabor adictivo.
Carajo, sabía tan jodidamente bien que no me bastaba. Mi pene palpitaba con más fuerza y reclamaba atención.
Recordé la última vez que se la comí, hacía una semana, antes de irme de viaje. Cómo me chorreó toda la cara mientras temblaba debajo de mí, desesperada y sin inhibiciones. Desde entonces, había pensado en ello todos los días; la imaginaba de nuevo estremecida, ansiosa bajo mi boca, mientras su aroma y su sabor me volvían loco. Flexioné los dedos sobre sus muslos y los apreté sin querer a medida que aquel recuerdo me encendía.
—¡Oh! —gimió.
El sonido me atravesó e intensificó mi reacción. Le temblaban los muslos mientras los rodeaba con las manos. Hundí los pulgares en la carne suave para sujetarla y sentí cómo se estremecía y se movía.
Le rodeé la cintura con un brazo y la apreté contra mí. Su cuerpo cedía y respondía a mis caricias mientras la acercaba al borde del escritorio para tener mejor acceso. Verla así despertó en mí un instinto primitivo.
Acerqué la cara a su sexo; su aroma me embriagaba tanto que apenas podía pensar con claridad. Le recorrí la abertura de abajo arriba con la lengua, despacio, saboreando el roce de su humedad contra mí.
Cada centímetro que lamía, cada movimiento provocador de mi lengua, la hacía estremecerse y gemir contra mí. Le envolví el clítoris con los labios y lo succioné. Su grito hizo que mi pene palpitara de deseo.
—¡A-a-ah... Apollo!
Movió las caderas y se apretó contra mi boca. Le sujeté los muslos con más fuerza para mantenerla pegada a mí mientras seguía complaciéndola.
Moví la lengua y disfruté cada estremecimiento que le recorría el cuerpo. Goteaba sobre mí, cada segundo más mojada, y eso me enloquecía. Mantuvo la mano a unos centímetros de mi cabello durante lo que me pareció una eternidad, pero, cuando ya no aguantó, lo agarró y me atrajo hacia ella. Me arrastró la cara contra el clítoris mientras se frotaba contra mí.
—Ay, Dios... sí, justo ahí —gimió.
Le temblaron los muslos e intentó cerrarlos a mi alrededor. La dejé atraparme la cara y ahogarme en su humedad. Cada giro de sus caderas, cada movimiento desesperado, alimentaba mi hambre.
Hundí más la lengua, succioné con más fuerza y la lamí con movimientos rápidos que la hicieron arquearse y clavarme las uñas en el cuero cabelludo.
—¡Dios mío! ¡Apollo, casi me vengo! ¡Se siente tan rico! —exclamó entre jadeos, con la voz desgarrada, perdida en las sensaciones que le provocaba mi lengua.
No necesitaba que me lo dijera. Lo sentía en la forma en que apretaba el clítoris contra mi cara y tiraba de mí como si no le importara nada más, en cómo me sacudía con cada movimiento. Temblaba y se retorcía debajo de mí, a punto de venirse.
—Ay, mierda, q-quiero...
Echó la cabeza hacia atrás, casi gritando, pero me aparté justo en ese momento y le alejé las piernas de la cara. Al perder el contacto de golpe, se quedó paralizada; jadeaba con los ojos muy abiertos, como si no lo comprendiera.
—Yo... tú... ¿por qué...? —intentó decir, pero no le salieron más palabras.

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