Grace
Apollo era mi jefe, el hombre intocable para el que trabajaba. Se suponía que eso era todo. Entonces, ¿por qué me torturaba así? ¿Qué esperaba conseguir de mí?
Mierda, no tenía idea.
Estaba empapada, me ardía cada nervio y el cuerpo todavía me dolía por la forma en que me había metido el dedo y luego lo había lamido hasta dejarlo limpio, como una bestia hambrienta. El solo recuerdo me provocó un escalofrío. Y ahora me acariciaba el clítoris con ese mismo dedo tan hábil, despacio, como si supiera exactamente lo que quería y no fuera a parar hasta conseguirlo.
Ya no podía pensar. Solo sentía la necesidad desesperada de que me cogiera. Pero, si quería que Apollo me tocara, tenía que descubrir qué quería que le dijera.
¿Qué era Apollo para mí? Le daba vueltas a la pregunta cuando recordé las palabras de Eleanor.
“Acostarse con alguien con frecuencia y sin compromisos es lo que se llama ser amigos con derechos”.
¿Amigos con derechos?
Eleanor tenía razón. Acostarse con alguien regularmente y sin compromiso era ser amigos con derechos. Y, técnicamente, Apollo y yo teníamos un acuerdo de amigos con derechos.
Pero ¿de verdad podía decirle eso a mi jefe?
Era peligroso y tan atractivo que me dejaba sin aliento; desde luego, no era la clase de hombre al que cualquiera llamaría amigo con derechos. Aun así, lo deseaba tanto que me dolía. Cada segundo de vacilación solo aumentaba esa necesidad.
Al carajo. Diría lo que fuera con tal de que me tocara.
—Somos... amigos con derechos —susurré—. Nuestra relación es estrictamente profesional, señor. Lo entiendo y siempre será así. No tiene que preocuparse por eso. Ahora, ¿podría, por favor...? —me interrumpí al darme cuenta, demasiado tarde, de que se ponía más serio cuanto más hablaba.
Apretó la mandíbula y entrecerró los ojos. Un calor me recorrió la espalda, esta vez por miedo a haber dicho algo equivocado y no por deseo. Parecía analizar cada palabra, y cuanto más intentaba explicarme, más se enojaba.
Sentí como si alguien me hubiera dado una pala y yo cavara mi propia tumba cada vez más hondo con cada palabra.
Me mordí los labios. ¿Acababa de cometer un error enorme al llamarlo amigo con derechos? Quizá esa no era la respuesta correcta. Quizá quería que dijera otra cosa. Pero ¿qué más podía decir?
Busqué las palabras correctas a toda prisa, pero nada tenía sentido.
Estaba a punto de volver a hablar cuando dejó de acariciarme con la mano. Gemí bajito y deseé en silencio que volviera a tocarme. Si me quejaba, quizá se apartaría, y estaba segura de que perdería la cabeza si lo hacía.
Apollo quitó la mano de mi culo y se la pasó por el cabello, frustrado.
—Estás poniendo a prueba mi paciencia, princesa —dijo entre dientes, y un escalofrío me recorrió la espalda—. ¿Amigos con derechos?
—¿Eso... está mal? —pregunté casi en un susurro. Entonces se me ocurrió algo, abrí mucho los ojos y sonreí esperanzada—. ¿Papi?
Apollo no respondió al principio. Inclinó la cabeza y me observó, calculador, con sus ojos oscuros, antes de sonreír de una forma peligrosa. Se me encogió el estómago. Aunque nadie más lo entendería, yo sabía muy bien qué significaba esa sonrisa. Apollo solo sonreía así cuando estaba a punto de destrozar algo, y, por la forma en que me miraba, como un lobo que rodea a su presa, ese algo era yo.
¿Me había equivocado?
—Si no lo sabes —dijo con voz ronca—, tendré que hacértelo entender.
Se me aceleró el pulso. Antes de que pudiera entender lo que hacía, se inclinó hacia mí. Pensé que iba a besarme. Junté los labios y cerré los ojos para dejarme llevar. Pero no pasó nada.
Abrí los ojos, parpadeé confundida y lo miré. Levantó una ceja, divertido. Me quedé inmóvil e intenté entender ese cambio repentino, hasta que bajé la mirada y vi la lata que sostenía.
¿Crema batida?
Me ardieron las mejillas. Ah, no puede ser. Solo había estirado el brazo para tomar la lata de crema de la mesa.
Estaba tan absorta en él, tan acostumbrada ya a sus besos y a cómo hacía reaccionar mi cuerpo sin siquiera tocarme, que por un momento me olvidé de mí misma y de quién era él.
¿Y qué pensaba hacer con una lata de crema?


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