Apollo
Nunca fui una persona pegajosa. De hecho, odiaba a la gente así. Nunca entendí por qué alguien exigía constantemente la atención de otra persona, por qué se aferraba a ella como un niño a su peluche.
Nunca entendí por qué mi padre estaba tan apegado a mi madre cuando ella vivía, sin separarse de su lado ni un momento. Pero anoche lo entendí a la perfección.
Después de limpiar a Grace, ponerle ropa limpia y acostarla con cuidado en mi cama, debí alejarme. Debí irme y concentrarme en otra cosa. Pero no pude. Por más que me repitiera que debía irme, no lograba apartarme de ella.
Al verla dormida y acurrucada entre las sábanas, con el cabello sobre la cara y el pecho que subía y bajaba al respirar, no podía decidirme a dejarla sola. Por primera vez en años, hice algo que nunca había hecho por una mujer. Me quedé abrazándola hasta la mañana siguiente.
Al despertar, sabía que tendría hambre después de lo de anoche, así que me levanté temprano y cociné para ella. Rompí muchas reglas por ella y me comporté de formas que antes jamás me habría permitido.
Incluso ahora perdía la cabeza. Desde aquel beso de anoche estaba insaciable, ávido de más. No podía pasar ni un minuto sin pensar en la suavidad de sus labios, en lo que sentía al estar con ella.
Era una adicción contra la que no podía luchar. La necesitaba. La deseaba. Cada vez que pensaba en ella, me ardía la sangre y se me aceleraba el pulso.
Grace gimió contra mi boca cuando le mordisqueé el labio inferior. Intensifiqué el beso y busqué su lengua con la mía, como si nunca pudiera saciarme. La sujeté con más fuerza de la cintura y la pegué a mí, mientras con la otra mano le sostenía la cara y se la inclinaba para devorarle los labios.
Mierda. Su sabor me embriagaba y ya no podía contenerme. Antes de darme cuenta, golpeé la mesa con la mano y varios platos cayeron al piso. Grace se sobresaltó con el ruido de la porcelana al hacerse añicos.
Iba a apartarse para mirar los platos caídos, pero no se lo permití. Volví a besarla. Recorrí su labio superior con los míos y luego los presioné de lleno contra su boca. La levanté, la senté sobre la mesa y me acomodé entre sus piernas sin dejar de besarla.
Su cuerpo me respondía a la perfección. Me rodeó el cuello con los brazos y tembló entre los míos.
Cuando jadeó en busca de aire, me aparté y recorrí con los labios su mejilla, bajé por la mandíbula y me detuve en el cuello. Vi las marcas que le había dejado ayer, aún rojas y muy visibles, prueba de que me pertenecía. Me llené de orgullo. Me encantaba verla adornada con mis marcas, mi aroma, mi camisa y mi semen. Cada rastro de mí sobre su piel me encendía la sangre.
Le besé el cuello entre mordiscos y succiones, igual que ayer. Gimió y se estremeció, deshecha de placer.
—A-ah... Señor Reed...
Sin pensarlo, le di una nalgada suave. Se sobresaltó al sentir el golpe y arqueó las caderas.
—Así no —murmuré en voz baja y amenazante—. No me hagas repetirlo, princesa. No te va a gustar lo que pase la próxima vez que tenga que corregirte.
Le mordí el cuello una última vez, con más fuerza que antes. Gimió y se sacudió contra mí. Me demoré en lamerle la zona dolorida. La marca roja que dejé resaltaba más.
—A-Apollo —dijo entre jadeos, con miedo y necesidad—. ¿Qué estás haciendo?
Me miraba con esos grandes ojos de venadita y yo sentía que perdía el poco control que me quedaba. Tenía los labios hinchados por mis besos, la piel sonrojada y el cabello enredado; cada curva de su cuerpo temblaba bajo mis caricias. Quería más de sus reacciones, más de sus gemidos, más de ese deseo que sentía por mí.

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