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Compláceme, Papi romance Capítulo 149

Grace

Primero miré la comida para tratar de ordenar mis ideas y luego levanté la mirada hacia Apollo. Estaba sentado frente a mí con una calma que, por alguna razón, me ponía más nerviosa.

Tenía una postura relajada y sujetaba una taza con sus largos dedos, pero no apartaba de mí sus fríos ojos color avellana. No había dejado de mirarme desde que entré en la cocina y solo eso bastaba para que me ardiera la nuca.

Me removí en la silla y jugueteé con los dedos debajo de la mesa en un intento patético de distraerme. No podía quitarme la sensación de que algo en él era distinto.

No se comportaba como el CEO frío y distante que evitaba a la gente. Seguía pareciendo tan seco, pero me observaba con tanta intensidad, tan concentrado, que casi parecía querer memorizar cada detalle de mí.

Me llevé la mano a la mejilla sin pensarlo. La tenía caliente. Genial. Seguro estaba más roja que un tomate. Cuando intentaba decidir qué hacer, me volvió a rugir el estómago.

Alzó apenas una ceja y bajé la mirada enseguida, carraspeando. Me sentía ridícula. Me había dicho que dejara de actuar de forma extraña, pero mi cuerpo no me hacía caso. Volví a mirar la comida y me obligué a calmarme.

Entonces se me ocurrió otra cosa y me quedé inmóvil. Él mismo la había preparado. ¿Estaba bien que me la comiera? ¿Pensaría que era una malagradecida si no lo hacía? ¿Y qué clase de mujer se comía como si nada la comida que le preparaba su jefe?

Me humedecí los labios, con el estómago revuelto por los nervios, cuando Apollo habló.

—¿Quieres que te dé de comer?

—¿Q-qué?

Se recostó en la silla. No pude descifrar su expresión, aunque parecía divertirse un poco.

—Esto que haces, ¿es a propósito? ¿Estás esperando que te dé de comer? ¿Eso hacen las jóvenes de hoy?

Abrí la boca. No me salió ni una palabra.

—Yo no... ¡No, claro que no! —Logré decir al fin.

Me sostuvo la mirada con tanta firmeza que me sentí clavada a la silla.

—Quiero decir que no estaba haciendo eso —intenté explicar de nuevo mientras movía las manos sin saber qué hacer—. Es solo que...

Me interrumpió en un tono todavía más bajo.

—Porque, si es eso lo que haces, no me molestaría darte de comer yo mismo.

¿Eh?

¿No le molestaría? ¿Darme de comer? ¿Apollo?

El corazón casi se me salió del pecho. Me quedé mirándolo sin poder ocultar mi asombro. No estaba jugando; no había rastro de humor en su expresión. Estaba muy serio, como si me estuviera ofreciendo algo de lo más normal.

¿Por qué se comportaba así? ¿Había pasado algo anoche que yo no recordaba? ¿Estaba enfermo? ¿Se había golpeado la cabeza o qué?

Me daban vueltas tantas preguntas que ni siquiera sabía por dónde empezar.

—Entonces —dijo mientras ladeaba la cabeza—, ¿vas a comer sola o quieres que te dé yo?

Dios, tenía que ser una burla. ¿Verdad? Agarré el tenedor enseguida.

—Y-yo puedo comer sola, señor.

Solo entonces dejó de insistir y sonrió tan poco que casi dudé de haberlo visto.

Corté un pedacito de panqueque, tratando de no parecer una idiota, y me lo llevé a la boca. No esperaba gran cosa. Nadie podía ser perfecto en todo. Apollo ya sobresalía en casi todo lo que lo había visto hacer; era imposible que, encima, cocinara bien.

Eso creía, hasta que el bocado me tocó la lengua y me sorprendió.

—Puta madre —murmuré sin poder contenerme.

La grosería me salió con tanta naturalidad que tardé un segundo entero en darme cuenta. Me tapé la boca de inmediato mientras masticaba y tragaba.

Por Dios. Estaba delicioso. Qué equivocada estaba. Era un cocinero perfecto. El sabor era reconfortante, intenso y equilibrado. La mujer que se casara con él sería la más afortunada del mundo.

Tomé la cuchara y probé la sopa. En cuanto me tocó la lengua, estuve a punto de gemir. Apenas logré contenerme y comí otra cucharada, y luego otra. Cada bocado era mejor que el anterior. Me moría de hambre y la comida estaba tan buena que seguí comiendo y me olvidé del hombre sentado frente a mí.

Tomé una salchicha y estaba por darle un mordisco cuando una mano me sujetó el mentón y me inmovilizó.

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