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Compláceme, Papi romance Capítulo 148

Grace

—Ven sobre mi pene... —Esas palabras no dejaban de resonar en mi cabeza.

¡Ah, carajo!

Quería desaparecer. No bastó con que Apollo me sacara del salón en brazos delante de cientos de personas; además, tuve que lanzarme encima de él como una desquiciada. Lo toqué, le supliqué que me hiciera suya y me acosté con él en el auto. Casi me le trepé como si fuera un árbol. Y, por si esa humillación no bastara, hice todo eso mientras Austin estaba sentado adelante.

Sí, el auto tenía un panel divisor, pero seguramente supo qué estábamos haciendo en cuanto lo cerramos. El auto entero se sacudía con cada embestida. No quería imaginar lo que había oído Austin.

Para colmo, cuando desperté, lo primero que vi fue a aquel conocido gato blanco sentado a los pies de la cama de Apollo. Me miraba con la misma expresión de reproche que la primera vez que pasé la noche aquí. Movió la cola una vez, como si no pudiera creer que tuviera el descaro de volver a aparecer en esa habitación.

Me quejé y me cubrí con ambas manos la cara, que me ardía.

—Deja de mirarme así —murmuré entre los dedos—. No fue mi intención pasar la noche aquí. Nada de esto fue culpa mía, ¿está bien?

El gato parpadeó sin apartar de mí la mirada condescendiente.

Perfecto.

Ahora le daba explicaciones a un animal. Debía parecer una idiota, pero tal vez hablar en voz alta era mi forma de convencerme de que no estaba del todo perdida después de lo sucedido anoche.

Intentaba no pensar en eso, pero cada vez que recordaba los momentos previos a que Apollo me encontrara, un escalofrío de asco me recorría la espalda. ¿Qué habría pasado si no hubiera llegado a tiempo? Solo de pensarlo se me revolvía el estómago y me ardía la garganta.

Estaba triste, furiosa, frustrada y aterrada, todo a la vez. Pero entonces recordé lo que vino después.

Cómo Apollo me sostenía entre sus manos, protector y exigente a la vez. Cómo me tocaba, como si me necesitara más que al aire.

Me acaricié los labios con los dedos.

Me besó. Apollo de verdad me besó. Mi jefe, el hombre que siempre se apartaba cuando me acercaba demasiado, como si no soportara siquiera la idea de tener mi boca cerca de la suya. Y, aun así, anoche me besó como si quisiera devorarme entera.

El corazón me golpeaba contra las costillas. Me humedecí los labios sin pensar; el recuerdo era tan vívido que me hizo encoger los dedos de los pies. Luego recordé sus palabras, esas que apenas podía creer que hubieran salido de su boca.

—Quiero venirme dentro de ti. ¿Puedo?

Los muslos me traicionaron y se apretaron por sí solos. El calor me invadió.

—Ay, Dios...

Nunca había hecho eso conmigo. Por más desesperado que estuviera o por más cerca que se encontrara de venirse, Apollo siempre se retiraba en el último segundo. Nunca quería arriesgarse. Pero anoche me lo pidió y se vino bien adentro de mí.

Me acosté de lado y apreté la almohada contra el pecho, tratando de calmar el corazón descontrolado. ¿Cómo se suponía que iba a mirarlo a los ojos después de todo eso?

La cara me ardía cada vez más, y el gatito, acomodado a los pies de la cama, me miraba como si me hubiera vuelto loca.

Miau.

—Bueno, bueno, ya me voy.

Me levanté. Me dolían todos los músculos, pero sobre todo la entrepierna. En cuanto me puse de pie, una punzada me subió por los muslos y me obligó a volver a sentarme en la cama.

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