Apollo
Carajo. Esa mujer iba a acabar conmigo.
Cada segundo a su lado me robaba el maldito aliento. Mi cuerpo dejó de pertenecerme en cuanto la toqué y ahora, al verla chorrearse sobre mí como si no le importara nada, perdía el poco control que me quedaba.
Me dejaba sin aliento. Cada arqueo de su espalda, cada temblor, cada sacudida de sus muslos, cada jadeo y gemido componían una sinfonía que me moría por escuchar. Al verla así, perdida en el placer y mía en ese momento, el miembro me palpitaba dentro de ella.
Antes estuve a punto de venirme, pero ahora, después de verla chorrearse sobre mí, empapada y sin vergüenza, no podía terminar todavía. Tenía que tomarme mi tiempo. Tenía que verla chorrearse otra vez. Tenía que memorizar cada detalle y grabármelo a fuego.
La sujetaba de las caderas para mantenerla justo donde quería. No apartaba la mirada de su cara sonrojada.
—Quiero verlo otra vez —dije con voz ronca de deseo.
Apenas tuvo tiempo de recuperar el aliento antes de que alzara las caderas y la penetrara con un golpe. Su jadeo me recorrió como una descarga eléctrica y su cuerpo se sacudió contra el mío.
—Quiero verte chorrear sobre mi pene otra vez, princesa.
—¡Ayyyyyyyy!
Abrió los ojos, abrumada. Le clavé los dedos en la cintura y la obligué a bajar sobre mí con cada movimiento. El placer crecía y todo mi cuerpo ansiaba dejarse llevar, pero me contuve. Necesitaba ver cada espasmo de su cuerpo tembloroso.
—E-es demasiado... Creo que ya no puedo más —susurró con voz temblorosa mientras intentaba apartarse de mí y del placer que le daba. De verdad creía que podía escapar.
No me detuve. Ni siquiera bajé el ritmo. Le aferré la cadera y la atraje de nuevo sobre mi pene. Cada vez que intentaba apartarse, la hacía bajar más, obligándola a recibirme entero.
—Sí puedes, princesa —le dije al oído, rozándole el cuello con mi aliento caliente—. Y lo vas a hacer.
Se estremeció al oírme. Gimoteaba e intentaba respirar entre las oleadas de placer que le arrancaba.
Me incliné hacia ella y apoyé la frente en la suya. Apreté los dientes y me hundí en su interior. Temblaba y gemía, apretando las caderas contra mí, y yo no me saciaba.
Era mía y estaba decidido a verla deshacerse, a sentir cómo se perdía sobre mí.
No tardó mucho.
—¡O-otra vez! —Jadeó—. Apollo, quiero...
—Dijiste que era demasiado —murmuré en tono sombrío y la penetré más hondo solo para escuchar ese jadeo agudo que siempre se le escapaba cuando llegaba hasta el fondo—. Pero sigues aguantando. Sigues empapándome el pene.

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