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Compláceme, Papi romance Capítulo 146

Grace

—Ah, ¿cómo puedes seguir tan apretada si estás empapada? —dijo Apollo entre gruñidos, con la voz quebrada de placer. Sentía su verga palpitar tan adentro que apenas podía respirar.

Seguía con la frente apoyada contra su pecho y temblaba sin control. Su aroma me llenaba los pulmones y se mezclaba con el calor entre mis piernas. Lo tenía metido hasta el fondo y seguía presionando ese punto perfecto en mi interior que siempre encontraba. Era como si conociera mi cuerpo mejor que yo.

Me mordí el labio para contener los gemidos que me subían por la garganta. Seguíamos en el maldito auto. Austin seguía al volante. Y aunque el panel divisor estaba levantado, no podía olvidarme del todo de lo que eso implicaba.

Apollo no toleró el silencio.

De pronto, me sujetó con firmeza por la cintura y me levantó. Sentí el aire frío durante una fracción de segundo antes de que me hiciera caer de nuevo sobre su verga. Contuve un grito y casi se me voltearon los ojos de puro placer. La brusquedad de la penetración me nubló la vista.

Gemí tan fuerte que la vergüenza me invadió antes de que el placer la ahogara.

—¡Apollo! —Se me llenaron los ojos de lágrimas por lo intenso que era.

Se acercó a mi oído; su aliento me calentaba la piel.

—Gime.

Un escalofrío me recorrió.

—El auto está aislado —murmuró con autoridad—. Así que gime. Déjame escuchar lo bien que te sientes.

Mis temblores se intensificaron y me ardía todo. Aunque el auto no estuviera del todo insonorizado, Austin seguro se había dado cuenta en cuanto Apollo levantó el panel divisor. Sabía lo que hacíamos en el auto y la idea me incomodaba. Pero, a pesar de la vergüenza que me revolvía el estómago, mi cuerpo ganaba aquella batalla. El deseo podía más que mi orgullo.

Tragué saliva y asentí débilmente.

—S-sí...

Apenas me quedaba aliento. En cuanto lo dije, Apollo me sujetó con más fuerza y movió las caderas hacia arriba.

Jadeé y me sacudí entera cuando volvió a presionar mi punto más sensible. Tiré de la corbata en vano; me ardían las muñecas y me desesperaba querer aferrarme a él sin poder mover las manos.

Mantuvo una mano en mi cintura y subió la otra por mi columna para sostenerme, incluso mientras se hundía más.

—Buena chica.

El elogio me sacudió más que sus movimientos. Mis paredes lo apretaron tanto que lo sentí gemir contra mi cuello.

—Carajo —dijo entre dientes—. Qué rico se siente tu calor alrededor de mi pene.

Todo mi cuerpo temblaba como si fuera a deshacerse. El placer me recorría desde el vientre hasta el pecho y se extendía por los brazos y las piernas.

Volví a morderme el labio, pero lo notó enseguida. Esta vez no dijo nada; un segundo después, me presionó el clítoris con el pulgar.

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