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Compláceme, Papi romance Capítulo 145

Grace

Sus dedos siempre fueron larguísimos y, en cuanto me introdujo uno solo, sentí que llegaba a todos mis rincones a la vez. Me palpitaba el clítoris, desesperado por recibir cualquier estímulo, y apenas me penetró, mis paredes se contrajeron alrededor de su dedo y lo atrajeron más adentro, como si nunca me bastara.

—Mierda, estás empapada. Mis dedos entraron solos —gimió con la voz cargada de deseo.

Jadeé y moví las caderas contra él. Intenté mover las muñecas atadas con la corbata, pero estaba atrapada, a su merced.

Con un solo dedo ya me tenía confundida, desorientada. Apenas podía pensar. No me imaginaba qué sentiría si metiera más o, Dios mío, si fuera su verga. Entreabrí la boca y casi se me caía la baba de solo pensarlo.

Se inclinó hacia mí y me besó con ansias. Jadeé, sorprendida por esa intensidad. Se me hacía extraño que me besara con tantas ganas y urgencia, como si fuera algo habitual, pero no me importó. Le correspondí y me dejé llevar por lo que sentía. Entonces, con crueldad, sacó el dedo. Gemí de frustración. Quería rogarle que volviera a meterlo ya, pero, antes de que pudiera decir una palabra, me lo introdujo de nuevo, esta vez con más fuerza.

Se me cortó la respiración y apreté los muslos a su alrededor para retenerlo dentro de mí. Puse los ojos en blanco; cada nervio me gritaba de placer. Se detuvo lo justo para observar mi expresión. Con la mirada oscura, siguió cada sacudida y cada estremecimiento de mi cuerpo.

Volvió a moverse. Cada vez que me metía los dedos, me arrancaba gemidos que no podía contener. Me balanceaba a su ritmo, aunque intentara controlarme. Tiré de la corbata con las muñecas, pero solo podía concentrarme en lo apretada que estaba alrededor de sus dedos.

—¡Ay, sí! —Jadeé y me arqueé contra él. Quería más, tanto que ni siquiera sabía cómo decirlo.

Añadió otro dedo. El segundo entró sin esfuerzo gracias a lo mojada que estaba. Todo mi cuerpo se sacudió alrededor de él. En otras circunstancias no habría podido soportarlo, pero ahora prácticamente daba saltos sobre sus dedos.

Me presionó el clítoris con el pulgar y estuve a punto de gritar. Mis paredes apretaron con más fuerza sus dedos. Temblaba entre sus brazos de lo delicioso que se sentía.

—Aprietas demasiado, carajo, princesa —dijo y se mordió el labio inferior. Sentí que la vibración de su voz me recorría entera. Me temblaban los muslos y los músculos se estremecían bajo sus manos; casi perdí el control—. Si no te abres para mí, mis dedos no van a entrar hasta el fondo, y quiero meterte todos bien adentro.

Mierda. Sus palabras me volvían loca.

—Más... Necesito más, Apollo —gimoteé.

—¿Me lo estás pidiendo o me lo estás rogando?

—R-rogando... Por favor. Por favor, hazme venir.

Me sostuvo la mirada y añadió un tercer dedo, que introdujo despacio.

Ni siquiera llegó a meterlo por completo. A mitad de camino, algo se quebró dentro de mí y perdí el control de mi cuerpo. El placer me golpeó y mis paredes se cerraron alrededor de sus dedos. El pecho me subía y bajaba muy rápido. Arqueé la espalda y no pude contener los sonidos que me desgarraban la garganta, por más que intentara callarme al recordar que seguíamos en el auto, con Austin en el asiento delantero.

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