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Compláceme, Papi romance Capítulo 144

Apollo

¿Cuántos años habían pasado desde la última vez que besé a alguien en los labios? ¿Desde la última vez que me sentí tan vivo?

Demasiados. Tantos que dejé de contarlos. Tantos que el recuerdo de la calidez se volvió algo apagado y distante. Tantos que la tristeza se convirtió en rutina.

Y, sin embargo, una chica borracha entró una noche a mi habitación de hotel y abrió una grieta en mi interior.

Era como si hubiera vivido tanto tiempo encerrado en la oscuridad que olvidé que existía la luz, hasta que de pronto apareció. Y en cuanto la vi, fui tras ella.

Esa mujer se estaba convirtiendo en mi luz. Y ahora que por fin la tenía, no iba a dejarla escapar. Prefería morir antes que dejarla ir. Iba a hacer mía a Grace.

La besé con más fuerza y le apreté la cintura para mantenerla pegada a mí. Me rodeó el cuello con los brazos e intentó seguirme el ritmo, pero no pudo. La besaba rápido, sin piedad, con hambre. Cuando le mordí el labio inferior, jadeó y aproveché que abrió la boca para deslizar la lengua en su interior, como si llevara años esperando ese preciso momento.

Carajo, qué bien sabía.

De su garganta escapó un gemido desesperado, ansioso, y casi perdí el control ahí mismo.

Era un desgraciado por haber esperado tanto. Un desgraciado por haberle negado mis besos. Un desgraciado por haber llegado tarde esa noche.

Me apoyó una mano en el pecho y entendí su señal. No podía respirar. Apreté la mandíbula y tuve que hacer un esfuerzo enorme para separarme de ella.

Jadeó en busca de aire, ruborizada, con los labios hinchados y los ojos muy abiertos, nublados de deseo. De algún modo, así se veía aún más hermosa. Y su humedad goteaba sobre mis pantalones.

Mierda, eso era jodidamente sexy.

El calor me palpitaba por todas partes. Solo verla así podría haberme hecho perder el control. Le tomé la mano con delicadeza, la giré con la palma hacia abajo y me la llevé a los labios. No aparté la mirada de la suya.

Se le entrecortó la respiración. Me miró como si no me reconociera. Como si no supiera que esa versión de mí existía.

A decir verdad, yo tampoco lo sabía.

Volví a besarle la mano y subí por su brazo con besos lentos que la hacían moverse debajo de mí y tensar los muslos. Cada uno de sus movimientos me suplicaba que la tomara.

Llegué a su hombro y apoyé los labios allí. Su piel era cálida y de una suavidad increíble bajo mi boca. Cuando alcancé su cuello, me detuve, hundí la cara en su piel y aspiré hondo. Olía a flores, un aroma delicado y embriagador que me aceleró el pulso.

Le recorrí el cuello con besos hasta llegar a la punta de su oreja enrojecida. Jadeó en cuanto la toqué con los labios. Me quedé ahí, le di un mordisquito suave y volví a besarla.

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