Grace
La tos me vino de la nada. En un segundo estaba bien y al siguiente me ardía la garganta; me ahogaba con el aire y tosía con tanta fuerza que apenas podía respirar.
—Por Dios, ¿estás bien? —El señor Reed sonaba alarmado, pero no pude responder.
Intenté asentir y hacerle un gesto con la mano para restarle importancia, pero otro violento ataque de tos me sacudió. Se me llenaron los ojos de lágrimas. Tomé la copa de vino de la mesa y me la bebí de un trago. El líquido me ardió al bajar por la garganta, pero resultó extrañamente efectivo. Tragué con dificultad hasta que el ataque se calmó.
Por fin recuperé el aliento, aunque todavía jadeaba. Al limpiarme la boca con el dorso de la mano, me di cuenta de que todos me miraban. Genial. Para nada vergonzoso. Sentía los labios pegajosos, así que miré alrededor buscando con qué limpiarme. Antes de que pudiera morirme de la vergüenza, una voz suave dijo:
—Aquí tiene, señora.
Levanté la vista. Una mujer me extendía un pañuelo con una sonrisa cortés. Estiré la mano para tomarlo por instinto.
—G-gra...
Me quedé helada.
Su cara. Yo conocía esa cara. Tardé un segundo en reconocerla, pero cuando lo hice, me quedé sin aliento.
—Usted... usted es la mesera de la cafetería.
La mujer sonrió con complicidad. Antes de que pudiera decir algo más, el señor Reed se rio entre dientes.
—Ah, es verdad —dijo con naturalidad—. Ella fue quien te vendió las bebidas y el pastel aquel día. En realidad, soy el dueño de la cafetería.
Me quedé con la boca abierta.
—¿Usted es... el dueño?
¿Qué estaba pasando?
¿El hombre más rico del país era dueño de una pequeña cafetería? ¿Para qué necesitaría una?
De pronto aplaudió, como un hombre iluminado por una inspiración divina.
—Te propongo algo. ¿Quieres la cafetería como regalo de bodas?
Me volví a atragantar.
—¿Q-qué?
Adoptó un gesto pensativo.
—Ah, espera, no. Eso es demasiado poco para mi nuera. ¿Qué tal un centro comercial? O tal vez debería abrir una empresa de relaciones públicas para ti. Tendría más sentido con tu carrera. ¿O preferirías una mansión escondida cerca de la costa, o...?
—¡Adam! —susurré entre dientes mientras le tomaba la mano presa del pánico, antes de que pudiera ofrecerme una manzana entera.
Parpadeó al mirarme y alzó las cejas.
—¿Sí? —dijo, sin entender nada.
Negué con rapidez y miré a la multitud que nos observaba, probablemente ya con el celular a medio sacar.
—Por favor... Aquí no —murmuré.
Ladeó la cabeza, pensativo de nuevo.
—Ah, tienes razón. Deberíamos hablar de esto en un lugar mejor y más seguro, nuera.
Sentí que me iba a desmayar. Eso no era a lo que me refería. ¿Nuera? ¿Acababa de decir nuera?
De ninguna manera. El hijo que quería presentarme no podía ser Apollo. ¿O sí? El pulso se me disparó. No había forma de que fuera él... Pero conociendo mi suerte, lo más probable era que sí.
No. Había mejores mujeres, de buenas familias, que él podía elegir para su hijo. ¿Por qué elegiría a una chica sencilla y trabajadora como yo?

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