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Compláceme, Papi romance Capítulo 137

Grace

Me quedé ahí de pie, mirando al anciano que tenía enfrente.

El señor Reed me miraba con la misma sonrisa que le había visto en la cafetería, cuando solo era un anciano con un periódico. Pero ahora que sabía quién era en realidad, todo parecía distinto.

Por un momento, no supe cómo actuar. Parecía amable y sincero, pero la forma en que me sostenía la mirada creaba un ambiente incómodo. Cambié el peso de un pie al otro mientras fingía mirar a otra parte para no verlo. Era ridículo. Él no había cambiado, pero yo ya no sabía cómo comportarme a su lado.

Cuando intentaba pensar en algo que decir, un mesero se acercó con una amplia sonrisa y una bandeja con copas de champaña. Se detuvo frente a mí, levantó una copa y me la ofreció.

—Buenas tardes, señora —dijo en un tono tan respetuoso que me hizo sentir aún más fuera de lugar—. ¿Quiere una copa?

—Yo... —Iba a negarme, pero tal vez un trago no era tan mala idea. Me había prometido no emborracharme, pero una copa de champaña no me haría daño. Además, necesitaba mantener la cordura y las manos ocupadas, sobre todo con el señor Reed frente a mí.

—Sí, gracias —dije mientras forzaba una sonrisa. Tomé la copa y me la llevé a los labios. El sabor era raro, más dulce de lo habitual, pero no le di importancia. De cualquier manera, era un evento de ricos; quizá aquí todo debía saber diferente.

Estaba a punto de dar otro sorbo cuando el señor Reed habló.

—¿Te decepciona —preguntó— que no sea quien creías?

Me quedé helada. La copa quedó suspendida cerca de mis labios mientras levantaba la vista hacia él. Todavía lucía esa sonrisa conocida, pero noté incertidumbre en su mirada, como si temiera que, al conocer su identidad, empezara a tratarlo de otra manera.

Aferré la copa.

No sabía qué decir.

¿Estaba decepcionada? No, no era eso. Tampoco me asustaba quién era. Lo que me preocupaba era lo que esto significaba. No se trataba solo de que fuera rico o poderoso; con eso habría podido lidiar. Pero no era un hombre rico cualquiera. Era el padre de Apollo.

Si Apollo se enteraba de que había conocido a su padre, jamás creería que fue una coincidencia. Seguro pensaría que lo busqué para ganarme a su padre y manipular la situación de algún modo. Pero no era verdad; solo fue una coincidencia absurda. Aun así, hasta yo sabía lo increíble que sonaba.

Y si el señor Reed llegaba a enterarse de qué clase de relación tenía con su hijo... Ay, no. Ni siquiera quería imaginarlo.

Probablemente pensaría que yo era una pasante interesada que se acostaba con su hijo por dinero o influencias, que iba tras la riqueza y el estatus de la familia Reed. Pero yo no era esa clase de persona. Incluso cuando Apollo me dio esos ridículos diez millones de dólares, jamás los toqué. Siempre cobré mi sueldo habitual y me negué a recibir más.

Aun así, nada de eso importaba, ¿verdad? Porque nadie le creía jamás a la mujer que decía no querer nada.

El señor Reed me observó durante un largo momento; su mirada penetrante se suavizó y él sonrió. Luego, antes de que pudiera reaccionar, extendió la mano por encima de la mesa y tomó la mía.

Me estremecí.

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