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Compláceme, Papi romance Capítulo 136

Grace

Tuve que morderme el labio para comprobar si estaba soñando o no. Pero aun cuando sentí el dolor, no me desperté.

No era un sueño. Era la realidad. Una realidad espantosa, humillante y devastadora que empeoraba a cada segundo.

Vivian, Landon e incluso algunos de los invitados cercanos me observaban; habían interrumpido sus conversaciones para seguir la escena. Sentía cómo su curiosidad me quemaba la piel.

Miré a Adam. No, al señor Reed. Tragué saliva con esfuerzo. Tenía la garganta seca y el corazón me latía tan rápido que parecía que se me iba a salir del pecho.

¿Cómo no me di cuenta?

Ahora que lo miraba de cerca, resultaba obvio. La misma mirada penetrante, la misma autoridad en la voz, esa misma presencia que hacía que la gente se apartara sin que tuviera que pedirlo.

Era idéntico a Apollo.

Dios mío.

Quería darme una cachetada. Todas las señales estaban ahí; eran muchísimas, pero ¿alguien podía culparme? ¿Cómo iba a saber que el dulce anciano de la cafetería, el que le había puesto una paliza a Charles y se burlaba de mí por trabajar tanto, era Adam Reed, uno de los hombres más ricos del país y el padre del hombre con el que me estaba acostando?

Si la humillación matara, ya estaría muerta. Y para colmo, en una de nuestras conversaciones en la cafetería, me había quejado de Apollo; le dije cosas como que era imposible, que trabajaba demasiado y que a veces me recordaba al diablo.

Estaba muerta. Total y oficialmente muerta. No había manera de que conservara mi trabajo después de esto. Mi carrera estaba acabada. ¿Mi dignidad? La había perdido hacía rato.

Seguro ya había atado cabos. Probablemente sabía a la perfección quién era yo y solo estaba esperando a verme entrar en pánico. Quizá era su venganza. Mientras dudaba entre salir corriendo y desmayarme de forma dramática, sentí una mano sobre mi hombro.

Me sorprendí. Al alzar los ojos, vi la sonrisa fingida de Landon. Adam lo fulminó con una mirada dura y tan peligrosa que hasta yo me quedé paralizada.

—Hola —dijo Landon con voz untuosa y confiada—. ¿Por qué no nos presentas?

Quería apartarlo de un empujón. Quería gritarle: “¡Ahora no, idiota!” ¿No veía que me estaba muriendo?

Como no respondí, Landon se dirigió a Adam, ajeno a lo que ocurría o quizá por pura estupidez.

—Hola, señor Reed. Soy Landon, el jefe de Grace en la empresa. No sabía que Grace conocía a alguien como usted, señor. De haberlo sabido, le habría facilitado las cosas para que no tuviera que estresarse con el trabajo.

Lo miré con incredulidad. ¿Qué carajos estaba diciendo? Continuó sonriendo como un tonto.

—De todos modos, ahora que lo sé, me aseguraré de que esté bien atendida, señor. Yo...

—¡Suéltala, idiota! —gritó Adam con tal fuerza que todo el salón retumbó.

Landon se quedó paralizado, con la mano todavía en mi hombro, mientras su sonrisa fingida se le borraba.

—¿Señor?

Adam lo fulminó con la mirada; cualquier rastro de calidez había desaparecido.

—¿No me escuchaste? Que. La. Sueltes.

A Landon le tembló la mano, pero aun así no reaccionó con la suficiente rapidez. El gesto de Adam se endureció y volteó a ver a su secretario.

—Deshazte de este insecto.

—Sí, señor.

Antes de que alguien pudiera asimilar lo que sucedía, el secretario dio un paso al frente, agarró a Landon por el brazo y lo jaló con tanta fuerza que trastabilló y casi se cayó. Se escucharon varios jadeos de asombro por todo el salón.

Me quedé allí de pie, paralizada, mirando a Adam.

Ese no era el hombre amable y bondadoso que me sonreía frente a una taza de café. Era el señor Reed, el hombre capaz de imponerse en un salón entero con una sola mirada. Y por alguna razón insensata, acababa de defenderme.

Todo ocurrió tan rápido que, por un instante, ni siquiera entendía lo que pasaba. Miró a Landon con tal dureza que todos en el salón parecieron contener la respiración.

—¿Quién eres —preguntó en un susurro frío— para tocarla?

Landon no se atrevió a moverse.

El señor Reed dio un paso al frente; su mirada era tan feroz que hasta yo me estremecí.

—¿No sabes que alguien como tú ni siquiera debería tocarla? No vales ni la mugre de sus zapatos. ¿Qué te hizo pensar que podías hacer lo que se te antojara?

Yo me quedé allí, atónita. Jamás había visto a Adam enojado y verlo así daba miedo.

—Ese estúpido hijo mío —masculló con aspereza—, me pregunto qué estaba haciendo al permitir que gente tan estúpida como tú trabaje en esta empresa.

Landon abrió la boca, pero no logró decir nada.

Capítulo 136 Dile que es tu Diosa 1

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