Entrar Via

Compláceme, Papi romance Capítulo 132

Grace

Las voces se encimaban unas sobre otras; unos gritaban órdenes, otros discutían y el eco de pasos apresurados retumbaba contra las paredes. Un hombre cargado de cajas casi chocó con alguien que empujaba un carrito, y ambos maldijeron entre dientes.

Parpadeé, de pie en la entrada al área tras bambalinas, y enarqué una ceja mientras observaba el caos. Se suponía que esto sería un evento organizado, no un campo de batalla.

Con un suspiro avancé, pero un guardia de seguridad se interpuso en mi camino y me bloqueó el paso.

—El pase para entrar tras bambalinas —exigió con brusquedad.

Sin decir nada, busqué en mi bolso y le mostré el pase sujeto al cordón. Lo miró, asintió y se hizo a un lado.

—Puede pasar.

—Gracias —murmuré al pasar a su lado.

En cuanto entré al área tras bambalinas, me arrepentí.

Era mucho peor.

La gente corría por todos lados cargando accesorios, papeles, ropa, flores y cables; era un milagro que nadie se hubiera prendido fuego todavía.

—¡Cuántas veces tengo que decirte que la señorita Rachel me dijo a mí que trajera las flores, no a ti! —dijo una chica desde el otro lado de la sala, con la cara roja.

La otra chica se volteó con brusquedad y puso los ojos en blanco.

—¡Tardaste demasiado! ¡Me pidieron que las trajera yo! ¿Estás sorda, carajo?

Se fulminaban con la mirada, como si estuvieran a punto de agarrarse del cabello.

Antes de que pudiera dar un solo paso, un hombre pasó corriendo a mi lado, aferrado a un florero de cristal lleno de lirios. Tropezó con un cable y se fue hacia delante soltando un chillido agudo. Por algún milagro logró mantener el florero derecho, aunque se golpeó la cabeza contra el suelo.

—¡Ay...!

Cerca de allí, alguien se quejó:

—¡Esto es un maldito desastre! ¿Por qué lo estamos arruinando todo?

Otra voz se sumó, presa del pánico:

—¡Todos somos pasantes! ¡Si nos equivocamos, nos van a despedir!

Una tercera persona intervino:

—Lo sé. Pero ¿dónde está la señorita Grace? Si estuviera aquí, ya estaría solucionando esto.

Eso me frenó. Varios más asintieron y murmuraron en señal de acuerdo.

Piper estaba sentada en un rincón con las piernas cruzadas; su cabello rizado le enmarcaba una actitud de desprecio. Puso los ojos en blanco con fastidio exagerado y se burló en voz alta para que todos la escucharan:

—Por favor. ¿Quién querría a esa nerd fea?

Suspiré y negué con la cabeza. Típico de Piper. Antes de que pudiera decir o hacer algo, alguien por fin estalló.

—¿Sabes qué? —gritó una de las chicas, azotando su portapapeles contra una mesa—. Ya me hartaste. Eres insoportable. No quería decirlo antes, pero ¿por qué demonios siempre estás molestando a la señorita Grace? Es amable y servicial. Si estuviera aquí, no se quedaría sentada sin hacer nada como tú.

Piper parpadeó, sorprendida. Abrió la boca, pero antes de que pudiera responder, alguien más intervino.

—Tiene razón. ¿Por qué eres tan perra, Piper? Si fueras la mitad de inteligente que la señorita Grace, tal vez tendría sentido. Pero no lo eres. Solo estás complicándoles las cosas a todos.

Una ola de murmullos de aprobación recorrió el grupo. Incluso las amigas de Piper, las que siempre se reían a su lado, se quedaron calladas. Una de ellas hasta desvió la mirada.

Piper se puso roja desde las mejillas hasta el cuello. Miró a su alrededor con los ojos muy abiertos, como si no pudiera creer que todos se hubieran puesto en su contra por mí.

Me quedé helada junto a la puerta ante la escena que tenía enfrente. Todos me estaban defendiendo; no me lo esperaba. Cuando por fin reaccioné, me aclaré la garganta y hablé:

—¿En qué necesitan ayuda?

Se hizo el silencio. Uno a uno, se dieron la vuelta y me miraron como si hubiera aparecido de la nada. Durante unos segundos, nadie habló. Solo parpadearon, recorriéndome con la mirada de la cabeza a los pies.

Fruncí el ceño, confundida. “¿Por qué me miran así?” Y entonces caí en la cuenta.

Se me encendió la cara al recordar lo que llevaba puesto. Era un vestido azul, ajustado y elegante, que se me ceñía al cuerpo y era muy distinto de mis habituales camisetas holgadas y pantalones anchos. Me tiré del dobladillo mientras el calor me subía por el cuello.

—Eh... esto es...

—¡Señorita Grace, te ves supersexi! —gritó de pronto una mujer.

Nuestro precio es solo 1/4 del de otros proveedores

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: Compláceme, Papi