Grace
—Tía, mami me dijo que te llamara a desayunar. ¡Vas a llegar tarde al trabajo!
Tocaron a la puerta y escuché la vocecita de Lucas gritar desde el otro lado.
Me quejé en voz baja mientras me acomodaba bajo las cobijas. La sábana estaba tibia y enredada entre mis piernas; por un momento, no quise moverme. Me aferré a la cobija, me puse boca arriba y parpadeé despacio hacia el techo, con la mente aún aturdida.
—Tía, ¿puedo entrar? Tienes que despertarte, ¡hoy tienes un evento muy importante!
¿Un evento?
Fruncí el ceño y parpadeé de nuevo mientras mi cerebro adormilado procesaba lo que acababa de escuchar. Entonces lo recordé.
¡La gala!
Me levanté de un salto; la cobija se deslizó y el aire frío me rozó la piel desnuda. El corazón se me aceleró cuando el recuerdo de la noche anterior me golpeó como un tren.
—Apollo... —susurré con la mirada fija en el celular sobre la mesa de noche.
Sentí que la cara me ardía al recordar la llamada, su voz, cómo había sonado al pronunciar mi nombre y las cosas que me había hecho hacer. El estómago se me revolvió entre la vergüenza y el deseo.
—No jodas —murmuré, y me cubrí la cara con las dos manos.
Tuve sexo por teléfono con mi jefe.
Solo pensarlo hizo que se me acelerara el pulso otra vez. Era increíble que yo, la misma mujer que se ponía nerviosa al cambiarse frente al espejo y revisaba dos veces que la cámara del celular no estuviera encendida cuando había alguien cerca, me hubiera tocado la noche anterior mientras él me miraba.
—No puede ser... —Sacudí la cabeza e intenté ahuyentar el calor que me subía por el cuello. Pero cuanto más intentaba no pensar en eso, más regresaban las imágenes. Anoche se veía tan atractivo, sobre todo por la expresión de su cara cuando se vino.
Apreté los muslos.
—¿Tía? ¿Por qué no respondes? ¿Pasa algo? ¿Llamo a mamá?
La voz de Lucas me devolvió a la realidad. Me quedé inmóvil.
—¡No! No, cariño, estoy bien —respondí deprisa, buscando las palabras—. Bajaré en un minuto, ¿sí? ¡Espérame abajo!
—¡Está bien, tía! —dijo animado, y escuché sus pasos alejarse.
Solté un suspiro largo y tembloroso y me pasé una mano por el cabello desordenado.
—Reacciona —murmuré—. Hoy tienes un gran evento; no es momento de soñar despierta con que tu jefe te dé otro buen orgasmo.
Asentí con firmeza, como si eso fuera a reiniciar mi cerebro, y salí de la cama. Sentí las piernas débiles mientras caminaba hacia la mesa donde estaba mi celular. Seguía apoyado tal como lo dejé anoche, con la pantalla negra y apagada.
—Perfecto —susurré con tono seco.
Lo conecté al cargador y fui al baño, decidida a borrar todo rastro del calor de anoche antes de perder la cabeza por completo.
No tardé mucho en la ducha. Solo fue un baño rápido, pero lo bastante largo para quitarme el sueño y despejarme la cabeza. En cuanto salí, con el agua todavía goteando por mi piel, tomé una toalla, me envolví en ella y fui al armario.
No estaba de humor para pensar demasiado en mi atuendo; quería algo sencillo para el día. Pero cuando estiré la mano para tomar una blusa, algo me llamó la atención.
Un vestido azul.
Fruncí el ceño y levanté una ceja. No recordaba haber comprado eso.
Con curiosidad, lo saqué. Era de un azul intenso que cambiaba sutilmente bajo la luz. La tela era suave entre mis dedos y se veía cara. Fue entonces cuando noté una pequeña nota adhesiva pegada a la prenda.
“Grace, esto es de parte de tus increíbles amigos. Yo elegí el vestido, pero Wyatt lo pagó. En fin, necesitas un vestido para el evento de hoy y no quiero que uses uno de esos atuendos holgados. Puedes usar tu disfraz, pero ponte algo hermoso”.
Por un momento, me quedé mirando el vestido, conmovida por el detalle. A veces me preguntaba si de verdad los merecía. Jamás había hecho nada extraordinario por ellos, pero siempre estaban dispuestos a dar y dar, como si hacerme feliz fuera motivo suficiente. Fueron las primeras personas que me demostraron que el amor se daba sin necesidad de ganárselo.
Sonreí, conmovida.

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