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Compláceme, Papi romance Capítulo 130

Grace

Si Apollo estuviera aquí, me mordería la piel con avidez y me apretaría un pecho mientras me devoraba como si nunca tuviera suficiente, con la cara enterrada entre mis piernas. Sus dedos gruesos se hundirían dentro de mí con tanta fuerza y profundidad que yo gemiría lo bastante fuerte como para que todos me escucharan, montada sobre su cara sin vergüenza.

Me pondría las piernas sobre sus hombros, me separaría las rodillas y me lamería tan a fondo que lo sentiría en cada nervio, en cada parte temblorosa del cuerpo. Le agarraría el cabello y tiraría, pero él no se detendría; seguiría adelante, como si quisiera hacerme gritar hasta dejarme muda.

Me chuparía despacio, con la lengua implacable y los dientes rozándome el clítoris lo justo para hacerme estremecer. Cuando por fin me viniera, temblando debajo de él, se desabrocharía el pantalón, sacaría su gruesa verga y me pondría en cuatro sobre el suelo. Sentiría cómo arrastraba el glande por mis pliegues resbaladizos, rozándome el clítoris y la curva del trasero hasta arrancarme un gemido indefenso.

—M-mierda... —gemí. La voz se me quebró en la garganta mientras mis dedos se movían más rápido dentro de mí.

Me lo imaginé con el cuerpo pegado al mío, cogiéndome con tanta fuerza que las piernas me fallarían, mientras sus manos me sujetaban para impedir que me apartara. Se me pusieron los ojos en blanco y se me escapó un grito desesperado mientras me metía los dedos, buscando alcanzar el clímax.

Sentí su mirada sobre mí todo el tiempo, quemándome la piel. Cuando por fin lo miré, tenía la mano cerrada alrededor de la verga y se masturbaba al mismo ritmo que yo. El glande hinchado brillaba por el presemen y palpitaba con cada movimiento.

Tenía la cabeza echada hacia atrás y la mandíbula tensa mientras soltaba un gruñido bajo. Verlo así me arrancó un quejido contra la mano. Ojalá fuera mi mano la que lo hiciera sentir así.

Habría mantenido su enorme verga en mi boca, dejando que me cogiera hasta perder el sentido como lo hizo en la oficina. Me golpearía el fondo de la garganta hasta provocarme arcadas mientras la saliva me escurría por el mentón; cuando por fin se viniera, me tragaría cada gota y luego le mostraría la lengua como una buena chica. Me mordí el labio. Maldita sea. ¿En qué clase de persona me había convertido? Era tan depravada que ya no me reconocía al pensar así.

—Maldita sea. Ver cómo te coges me vuelve loco —gruñó Apollo en voz baja.

Sus ojos, ya oscurecidos, estaban clavados en los míos mientras su mano recorría la verga y temblaba con cada movimiento. Las venas de su miembro resaltaban, gruesas y palpitantes. Parecía irreal, indecentemente atractivo. Jamás había visto a un hombre tan ardiente mientras se tocaba; cada movimiento hacía que me muriera de ganas de sentirlo en su lugar.

Estaba tan cerca de venirme solo con mirarlo. Me pellizcaba y frotaba los pezones con la otra mano mientras me ahogaba en placer. Mis fluidos empapaban las sábanas. Gemí de nuevo; ya solo quería esa enorme verga dentro de mí, que me llenara de una sola estocada.

—Quieres este pene, ¿no, princesa? ¿Me quieres en todos tus agujeros? —preguntó.

Sabía que era el placer el que hablaba; Apollo jamás hablaría así en circunstancias normales. Pero yo ya no estaba fingiendo. Asentí, ansiosa.

—Sí, papi. La quiero con desesperación. Te quiero en todas partes. Quiero probarte. Quiero que te vengas dentro de mí.

Esa última parte se me escapó antes de que pudiera contenerme, y escucharla en mi propia voz me encendió el deseo. Apollo nunca se había venido dentro de mí; siempre se apartaba, probablemente porque no quería correr el riesgo ni asumir la responsabilidad. Pero en cuanto las palabras salieron de mi boca, su verga se sacudió, las venas se le marcaron y sus ojos se oscurecieron aún más, como si la idea de llenarme lo volviera loco.

—Mueve los dedos más abajo —ordenó—. Un poco más a la derecha de tu clítoris.

Jadeé, temblorosa, mientras lo miraba con confusión. Aun así, hice lo que me pidió y deslicé los dedos hacia el lugar que quería.

—Justo ahí —murmuró con los ojos clavados en mí—. Ahora mete los dedos ahí.

Dudé un instante, pero obedecí. En cuanto lo hice, se me cortó el aire.

—¡Aah...! —El grito me salió desgarrado y se convirtió en un gemido indefenso. Arqueé la espalda; el pecho se me agitó, los muslos me temblaron y el placer me recorrió con tanta fuerza que casi dolía.

—Buena chica —murmuró con tono sombrío—. Sigue estimulándote el punto G para mí.

Me mordí el labio conteniendo la respiración. ¿Cómo demonios sabía siquiera dónde estaba con solo mirarme por el celular? Pero dejé de pensarlo en cuanto moví los dedos como él quería.

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