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Compláceme, Papi romance Capítulo 129

Grace

Dios, ayúdame. Cuanto más tiempo pasaba con Apollo, más sentía que se convertía en una persona diferente. Siempre había sido extraño, pero no de una forma que pudiera explicar con facilidad. Todo el mundo tenía sus manías, pero con Apollo era como descubrir una capa tras otra.

Podía ser una persona hoy y alguien muy distinto mañana. Nunca sabía cuál de sus versiones era la real. Lo único que sabía era que cuanto más tiempo pasábamos juntos, más crecía su deseo por mí.

Pensaba que se cansaría de mí después de la primera vez que lo hicimos, que su curiosidad se apagaría y que yo no sería más que otro deseo pasajero. Pero me equivoqué. Su expresión lujuriosa, el modo en que me devoraba con la mirada y las cosas que decía hacían que el clítoris me palpitara de deseo. Para ese momento ya estaba empapando la cama.

—Sí, señor —murmuré mientras lo miraba a través de la pantalla. Podía verlo todo, hasta el más mínimo detalle y cada latido.

Tenía la verga tan dura que me cortó la respiración. No sabía si era por la cámara o si estaba así de erecto, pero las venas abultadas y la cabeza oscurecida me secaron la garganta. Parecía que le dolería si no hacía algo pronto, y solo de pensarlo tragué saliva, mientras me sentía más y más caliente.

El clítoris me palpitaba con la necesidad de sentir su verga dentro de mí.

Mis dedos quedaron suspendidos sobre mi clítoris empapado antes de deslizarse despacio hacia abajo. El primer contacto me cortó la respiración.

—Ah... —El sonido se me escapó de los labios antes de que pudiera evitarlo. La sensación fue intensa y embriagadora. Hacía casi una semana que no me tocaba y el cuerpo me temblaba de necesidad. Antes de Apollo, podía pasar meses sin hacerlo. Pero ahora, solo pensar en él me encendía el cuerpo y me dejaba desesperada por más.

Mis dedos jugaban sobre mi clítoris empapado. La emoción me mareaba y la humedad resultaba resbaladiza bajo mis dedos. Mis muslos se apretaron alrededor de mi mano y la dejaron atrapada allí.

Cerré los ojos. Mis dedos se movían más rápido y la tensión crecía dentro de mí con cada sonido obsceno que se me escapaba.

—Mierda —gruñó—. Así, así. Sigue frotándote el clítoris para mí. Finge que son mis dedos los que te hacen deshacerte.

Solo su voz hizo que se me encogiera el estómago. Me mordí el labio mientras el calor me inundaba las mejillas. Disfrutaba más cuando imaginaba que era él. El cuerpo me temblaba de desesperación; dejé caer la cabeza contra la almohada, con el cabello desparramado a mi alrededor. Incluso sin un solo dedo adentro, se sentía demasiado bien. Si fuera él, me abriría las piernas a la fuerza y me estimularía el clítoris con sus dedos gruesos mientras me cogía.

¡Dios mío!

Lo miré con los ojos entrecerrados, buscando y suplicando su aprobación en silencio mientras mis dedos seguían frotando mi clítoris.

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