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Compláceme, Papi romance Capítulo 128

Apollo

En cuanto se conectó la videollamada y esos ojos de cierva me miraron con esa expresión inocente, perdí el control. Me eché hacia atrás y gruñí:

—Desnúdate para mí, princesa.

No era una petición. Era una orden y lo sabía.

—S-sí, señor —susurró.

—Buena chica.

No perdió ni un segundo. Sujetó la toalla y la fue bajando despacio, centímetro a centímetro, sin apartar la mirada de mí. El aire fresco le rozó la piel y se estremeció; ese pequeño movimiento bastó para que se me endureciera el miembro. Sus pechos quedaron a la vista, pálidos y suaves, con los pezones erguidos solo para mí. No me había dado cuenta de cuánto extrañaba ver cómo su cuerpo reaccionaba ante el menor gesto y cómo se estremecía de anticipación y miedo al mismo tiempo.

—Todavía no terminas, señorita Grace —dije en voz baja.

Tragó saliva. Enganchó los pulgares en el elástico de las pantaletas y se las deslizó por las piernas con los dedos temblorosos hasta quedar expuesta ante mí. Se me cortó la respiración y se me escapó un gruñido grave. Mierda, no tenía idea de lo que me estaba haciendo.

—Acuéstate en la cama y asegúrate de poner el celular donde pueda verlo todo.

Obedeció. La vi acomodar el celular mientras arqueaba las caderas al recostarse en la cama, con las sábanas revueltas debajo de ella. Abrió bien las piernas y su cuerpo quedó expuesto ante mí. El celular apoyado sobre la mesa me daba una vista perfecta de su clítoris enrojecido y brillante. Estaba empapada; cada gota resbaladiza le recorría la curva de los muslos y se le pegaba a la piel de una forma que me hacía perder la cabeza.

Cada bocanada me salía entrecortada y me quemaba el pecho. Todos mis instintos me gritaban que me masturbara mientras la observaba. Pero no lo hice. El simple hecho de mirarla era un placer más absorbente que cualquier cosa que pudiera hacerme por mi cuenta.

La idea de estar de rodillas entre sus piernas, sujetarle esos muslos perfectos bien abiertos y ver cómo se le cortaba la respiración cuando mi lengua la tocaba me estremecía. Imaginaba el sabor que tendría, cómo se movería contra mi boca y cómo sus manos se aferrarían a mi cabello, como si quisiera marcarme con su tacto. Y cuando echara la cabeza hacia atrás para gemir mi nombre, perdería la razón.

Me sonreiría con el cuerpo tembloroso mientras yo le pasara la lengua por el clítoris, hasta que no aguantara más. Hasta que me rodeara el cuello con las piernas, me obligara a ir más hondo y me hiciera comérmela como un maldito perro.

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