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Compláceme, Papi romance Capítulo 125

Grace

Empujé la pequeña caja hacia ella con cierta torpeza por culpa de las enormes patas de conejo del disfraz y levanté la tapa. Dentro había de todo, incluidos bocadillos, algunos dulces y un recipiente bien acomodado. Lo tomé y lo abrí con cuidado.

Al instante, un aroma delicioso inundó la habitación. Bajé la mirada y casi me quedé sin aliento. La comida era toda una obra de arte, con ensalada de papa y aceitunas en forma de osito, salchichas moldeadas como pequeños conejos sonrientes e incluso verduras dispuestas como flores.

Esa mañana, Eleanor me había puesto la caja en las manos con su seguridad de siempre. “Dásela”, me había dicho. “Confía en mí, te ganarás su corazón al instante”.

En ese momento no entendí a qué se refería, pero ahora, al verlo frente a mí, todo cobró sentido. Estaba hecho con amor. Levanté la mirada.

Los ojos de la niña se iluminaron al ver la comida. Sus pequeños dedos se movieron apenas sobre su regazo, como si quisiera estirar la mano pero no se atreviera a hacerlo.

Sonreí debajo de la máscara de conejo. No sabía qué era más tierno, si la ensalada de papa en forma de osito o el tenue brillo en sus ojos.

Tomé la cuchara y se la acerqué lentamente.

—Mi amiga lo preparó para ti. ¿Quieres probarlo?

Su mirada pasó de mí a la comida y volvió a mí. No respondió, pero la duda en su mirada lo decía todo. Llevaba días sin comer bien. Tenía los brazos delgados y la cara demasiado pálida. Bajo la luz del hospital, parecía que iba a desvanecerse en cualquier momento.

Había leído su expediente. Sus padres habían puesto drogas en su comida para que el actor famoso la atropellara con su auto. La habían usado como peón en su retorcido plan, poniéndole analgésicos en las comidas para asegurarse de que no sintiera casi nada cuando ocurriera.

Ahora creía que si comía cualquier cosa, algo malo pasaría.

—Deja que lo pruebe primero —dije, y me incliné hacia adelante para alcanzar una de las pequeñas salchichas con forma de conejito. El problema eran los ridículos guantes de patas. La tela enorme no dejaba de resbalarse, y cada vez que intentaba tomar algo con el tenedor, volvía a caer dentro del recipiente.

—Maldita sea —murmuré entre dientes detrás de la máscara. La niña ladeó un poco la cabeza mientras observaba mis apuros.

Lo intenté otra vez, pero ella reaccionó antes de que pudiera repetirlo. Estiró su pequeña mano y tomó la salchicha. Luego, para mi sorpresa, la levantó y me la acercó a la cara.

Por un instante me quedé helada. Se me cortó la respiración.

La cabeza de conejo tenía una pequeña abertura donde debía estar la boca del disfraz. Sin pensarlo, me incliné deprisa, mordí la salchicha que me ofrecía y mastiqué de forma exagerada.

—Sí —dije con un gesto de aprobación—. ¡Qué rico!

Me miró, bajó de nuevo la vista hacia la comida y tomó otra salchicha para ella. Dudó apenas un segundo antes de llevársela a la boca. Al hacerlo, abrió los ojos.

El sabor debió de sorprenderla, porque masticó rápido y enseguida fue por las verduras. Me quedé ahí parada, inmóvil, viéndola comer. Dios, tenía muchísimas ganas de llorar.

Por primera vez desde que la había conocido, ya no era solo una niña callada sentada junto a la ventana.

De pronto, el celular vibró y rompió el momento. Parpadeé, volví a la realidad y lo busqué deprisa en el bolsillo frontal del disfraz.

Era un mensaje de Aiden.

“¿Puedes venir a la empresa para que hablemos del evento antes de mañana?”

Suspiré. Claro. Mañana era el evento.

Entre el trabajo y las visitas al hospital, últimamente apenas tenía tiempo para respirar. Aun así, no me arrepentía de venir todos los días. Volví a mirar a la niña. Seguía comiendo, saboreando cada bocado.

Sonreí bajo la máscara y dije en voz baja:

—Tengo que irme.

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