Grace
—¡Qué susto me dio! ¿Qué carajos es eso?
—Ni idea. De todos modos, es rarísimo. No hay que acercarnos.
Se escuchaban las voces mientras avanzaba por el pasillo del hospital; cada paso me pesaba por culpa del ridículo disfraz de conejo. Sentía que la cabeza pesaba como cinco kilos y sudaba a mares debajo de la tela de felpa. Intenté pasar por alto las miradas de sorpresa y las risas contenidas a mi alrededor mientras recuperaba el aliento.
“Esto es una locura”, pensé mientras me secaba la frente a través de los ojos de malla del disfraz.
Una locura. Pero si funcionaba, si lograba que ella hablara, tal vez todo valdría la pena. Estaba a punto de seguir caminando cuando se escuchó una vocecita.
—¡Mami! ¡Mira! ¡Es el Señor Conejo! ¿Puedo ir a saludarlo?
Me di la vuelta e incliné un poco la enorme cabeza de conejo al ver a un niño que me señalaba con los ojos bien abiertos por la emoción.
Por instinto, levanté la pata peluda y lo saludé. Al niño se le iluminó la cara. Empezó a acercarse a mí, pero su madre lo agarró rápido del brazo.
—¡No, detente! Tienes que alejarte de los desconocidos, sobre todo de los raros. Vamos.
El niño hizo un puchero y tiró de la mano de su madre.
—Mami, ¡es el Señor Conejo! ¡Todo el mundo quiere al Señor Conejo! Por favor, ¿puedo conocerlo?
Ni siquiera aminoró el paso. Lo jaló mientras sus tacones repiqueteaban en el suelo y las protestas del pequeño resonaban por el pasillo.
No pude evitar un suspiro que empañó el interior de la cabeza de conejo.
—Hasta a los conejos los rechazan —murmuré entre dientes.
Aun así, me enderecé y caminé hacia la habitación del hospital. Ese tramo del pasillo era más tranquilo, con el suave zumbido de las luces fluorescentes sobre mi cabeza. Al llegar a la puerta, me asomé por la estrecha ventana. La niña estaba allí, como siempre, sentada en la cama, con las rodillas pegadas al pecho y la mirada perdida en la ventana.
Apreté la pequeña caja que le había traído. Cerré los ojos un momento.
¿Esto funcionaría? ¿Me miraría? ¿Sonreiría? ¿Diría algo?
No estaba segura.
Aún estaba sumida en mis pensamientos cuando escuché un clic. Abrí los ojos de golpe. La puerta se estaba abriendo. Por un instante me quedé inmóvil. La única persona dentro de esa habitación era ella, lo que significaba que ella misma la había abierto.
Levanté la mirada despacio y allí estaba, de pie frente a la puerta, con sus deditos aún sobre la manija y los ojos brillantes de determinación.
Se me cortó la respiración cuando dio un paso hacia mí. Sin dudarlo, extendió su manita y jaló la parte delantera de mi enorme disfraz de conejo.
—Señor Conejo —dijo en voz baja.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Compláceme, Papi