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Compláceme, Papi romance Capítulo 126

Apollo

El crujido del papel era el único sonido en la habitación mientras hojeaba el documento sobre mi escritorio, lleno de páginas y páginas de fragmentos inútiles. Números, fechas, informes; nada de eso me daba lo que en realidad necesitaba.

Frente a mí, Chase se aclaró la garganta con cautela; aunque intentaba mostrarse firme, su nerviosismo era evidente.

—La dirección IP se rastreó directamente hasta esta casa, señor —dijo—. Pero no hay más información sobre la persona que hizo la llamada. La dueña de la casa es una anciana. Dijo que un hombre con una máscara llegó a su puerta a preguntar si podía hacer una llamada. Después se fue. No sabe quién es y no pudo identificarlo, ya que jamás le vio la cara.

No respondí.

No aparté la mirada del documento mientras repasaba las últimas líneas, aunque ya me sabía cada palabra de memoria. Pasé la página. El silencio en la oficina se prolongó, tan denso que sentía la incomodidad de ambos al otro lado del escritorio.

De reojo, vi que Chase miraba a Austin, sentado a su lado. Austin negó discretamente con la cabeza para advertirle que guardara silencio.

Cuando por fin terminé de leer, dejé el expediente y levanté la mirada.

—Entiendo —dije con calma—. ¿Hay algo más?

Chase tragó saliva.

—N-no, señor. Eso es todo.

—Pueden retirarse.

—Señor... —empezó Chase, pero Austin se puso de pie y lo interrumpió con una ligera inclinación de cabeza.

—Sí, señor. Estaremos cerca por si nos necesita.

Chase también se puso de pie, repitió las mismas palabras y siguió a Austin hacia la salida. La puerta se cerró tras ellos con un clic y la habitación quedó de nuevo en silencio.

Me recosté en la silla y suspiré. Tamborileé los dedos sobre el escritorio a un ritmo lento y constante mientras miraba el reloj de la pared.

Las nueve de la noche.

Ya era tarde.

Habían pasado seis días desde que salí del país; seis días de perseguir sombras y seguir migajas que no llevaban a ninguna parte. No recordaba la última vez que había descansado de verdad. Cada noche se confundía con la siguiente en un ciclo interminable de informes, callejones sin salida y preguntas sin respuesta.

Seis días de jugar al gato y al ratón con un psicópata que parecía disfrutar de estar siempre un paso por delante de mí.

Vine hasta aquí por una foto, una pista que al principio sonó casi ridícula. Habían asesinado a los padres de esa niña. Cuando mi equipo examinó la escena, encontró una fotografía apretada en la mano del esposo.

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