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Compláceme, Papi romance Capítulo 116

Apollo

Miré el celular que tenía en la mano con expresión indiferente. Cualquiera que me viera habría pensado que no sentía nada, pero la fuerza con que lo sostenía decía lo contrario. Apreté los dedos a su alrededor hasta que la pantalla de cristal casi crujió bajo la presión.

Austin estaba sentado a mi lado. No me hacía falta levantar la mirada para saber que me observaba. Sentía su mirada, atenta a cualquier gesto.

Mi atención seguía fija en la foto. Debería haber sido una foto cualquiera, una publicación insignificante más en el chat de la empresa, pero no lo era.

En ella, Grace sostenía la mano de ese chico. Parecía intentar arrastrarlo para llevárselo, con una actitud tensa e incómoda. Por el ángulo, era evidente que alguien había tomado la foto para distorsionar la escena.

Apreté la mandíbula mientras leía los comentarios. Eran peores de lo que imaginaba, pues contenían rumores viles sobre ella y ese chico. Incluso habían arrastrado mi nombre y el de River. Leí un par de líneas más antes de que la pantalla se atenuara en mi mano y mi reflejo titilara apenas sobre el fondo negro.

No sabía si me daba más coraje que ese chico se hubiera presentado en mi empresa después de que le advertí que se mantuviera lejos, que Grace terminara en rumores con otros dos hombres o que esa gente tuviera el descaro de difamarla de esa manera.

—Señor Reed... —Austin tomó la palabra.

No levanté la mirada.

—¿Cuánta gente en la empresa crees que está difundiendo esto?

Austin vaciló. Lo escuché tragar saliva.

—C-cerca del cincuenta por ciento, señor.

Cincuenta.

La mitad de la empresa. Iba a responder cuando Austin volvió a hablar, soltando las palabras a tropel, como si supiera exactamente lo que se venía.

—Antes de tomar una decisión, tenga en cuenta que no puede despedirlos.

Giré la cabeza despacio y levanté la mirada hacia él, con una ceja enarcada.

—¿Me estás diciendo qué hacer, Austin?

—No, señor, no me atrevería.

—Entonces explícate.

Inclinó la cabeza con respeto.

—Si los despide a todos, la empresa sufrirá un golpe muy duro. Además... —Guardó silencio un momento y miró el celular que aún tenía en la mano—. Pondría a la señorita Grace en una posición muy incómoda.

Austin continuó:

—Si despide a la mitad del personal después de este escándalo, solo confirmará lo que la gente ya está diciendo, que su relación con ella no es profesional.

No dije nada. Tenía razón, pero no me importaba. La empresa podía reducirse a cenizas y aun así encontraría la forma de reconstruirla. Yo era Apollo Reed. Los problemas existían para que yo los resolviera. Pero esto era diferente.

Por ella, tendría que pensarlo bien. No le temía a los rumores; temía hacerle la vida más difícil. Darme cuenta de eso me carcomía y me molestaba mucho más de lo debido.

Me recosté contra el asiento mientras el jet privado ganaba altura y el zumbido constante de los motores dominaba el incómodo silencio entre nosotros. Dirigí la mirada a las nubes allá afuera, pero mis pensamientos estaban muy lejos del cielo.

Esa mujer me volvía más irracional cada día que pasaba. El recuerdo de su sonrisa cruzó por mi mente y me quedé inmóvil, sorprendido por lo mucho que me inquietaba.

Ni siquiera sabía qué se le había metido en la cabeza para saludarme así esta mañana. Siempre era tímida a mi lado, cautelosa, alerta, como un ciervo frente a un depredador. Pero hoy me sonrió radiante, como si el resto del mundo no existiera.

Era una sonrisa sencilla, pero verla me produjo una calidez inesperada. No lo entendía ni quería entenderlo.

Me pasé una mano por el cabello, frustrado.

—Apollo —murmuré entre dientes—, ¿en qué carajo te estás metiendo?

Odiaba cómo invadía mis pensamientos, cómo su cara borraba todo lo demás, incluido el pasado, el dolor e incluso la lógica. Lo que debería haber sido un error de una sola noche se había convertido en algo que no lograba frenar. Y luego estaba el otro asunto.

Ella tenía todo el derecho de hablar con otros hombres, de pararse a su lado y de reír con ellos. Pero imaginarla haciéndolo me enfurecía. Solo pensar que pudieran vincularla con alguien más me hacía hervir la sangre.

Apreté la mandíbula para controlar la voz. Sin levantar la mirada, dije:

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