Grace
Al día siguiente, en cuanto entré a la empresa, sentí todas las miradas de la sala clavadas en mí, siguiéndome como si me hubiera salido una segunda cabeza.
Los murmullos corrieron entre la gente.
—¿Es ella? ¿La que anda con tres al mismo tiempo?
—¡Sí! Aún no puedo creer que sea ella. Cuando escuché los rumores, esperaba... no sé, alguien mejor.
—Igual. Pero ¿soy solo yo o se ve diferente hoy? Hay algo en ella que no termino de descifrar.
No hablaban con disimulo. Querían que escuchara cada palabra, que me encogiera, aturdida y humillada, pero no lo hice.
Caminé como si sus palabras no fueran más que el zumbido de fondo de un aire acondicionado. Los tacones de mis zapatos repicaban con firmeza contra el suelo de mármol. Mi vestido azul de estampado floral se balanceaba a cada paso, la peluca rubia caía suelta sobre mis hombros y unos lentes oscuros me cubrían la mitad de la cara. Por fuera, al menos, nada había cambiado.
La diferencia estaba en mí. En lugar de agachar la cabeza y apurarme hacia el ascensor como siempre hacía, caminé con tranquilidad, el mentón en alto y una sonrisa ligera. Sus opiniones ya no tenían ningún peso.
Después de dejar atrás a mi familia tóxica y al loco de mi ex, empecé a aprender cosas sobre mí misma; cosas simples, cosas de las que cualquier mujer normal se habría dado cuenta hace mucho tiempo. Que merecía que me amaran. Merecía que me desearan. Merecía sentirme plena sexual, emocional y mentalmente.
Y ayer aprendí algo todavía más simple. Merezco que me importe un carajo.
Toda mi vida medí cada paso por lo que la gente pensaría y diría. Incluso con Apollo, cuando me deseaba, cuando su tacto me encendía, en lo único que podía pensar era en cómo me verían los demás si descubrían que me acostaba con mi jefe.
Pero ayer algo cambió.
Tal vez fue ver a Charles allí sentado, tan desesperado, recordándome todo lo que antes toleraba. O tal vez fue leer esos mensajes horribles y darme cuenta de lo cruel que podía ser la gente.
De cualquier manera, al fin entendí que, si seguía importándome lo que los demás pensaran de mí, nunca, jamás sería libre.
De reojo, vi a una mujer mirándome como si fuera algo asqueroso que se le hubiera pegado al zapato. Torció los labios en una mueca de asco.
Le sostuve la mirada, sonreí con dulzura e incliné la cabeza en un saludo cortés. Su expresión se tensó al instante. Casi me rio. Dios, eran tan predecibles.
A la gente como ella le encantaba pisotear a los demás, y cuando no les funcionaba, se enojaban todavía más. Su propio odio era su castigo.
Aparté la mirada y mi sonrisa se amplió mientras metía una mano en el bolso y sacaba el celular. Le subí el volumen a los audífonos con el pulgar y dejé que el ritmo de Bad Guy de Billie Eilish me retumbara en los oídos.
Tarareé la letra, moviendo un poco la cabeza mientras caminaba hacia el ascensor, con pasos tranquilos.
¿Era infantil? Tal vez. ¿Me importaba? Para nada.
Después de todo, les había prometido un espectáculo digno de ver. Las puertas del ascensor se abrieron y, en cuanto di un paso al frente, me detuve. Se me cortó la respiración al mirar a Apollo.
En cuanto las puertas se abrieron, Apollo alzó la mirada y clavó sus ojos color avellana en mí. Estaba allí parado como siempre, alto, sereno e imperturbable, pero la forma en que sostuvo mi mirada hizo que se me acelerara el pulso.
Austin estaba a su lado, sosteniendo un iPad mientras hablaba, pero dejó de hacerlo al verme. Chase estaba detrás de ellos, con el celular en la mano, y levantó la mirada con su sonrisa de siempre.
Austin fue el primero en hablar, rompiendo el denso silencio:
—Buenos días, señorita Grace.

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