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Ciega por tu Mentira romance Capítulo 263

Los largos dedos la envolvieron por la muñeca, transmitiéndole la temperatura de Mauro, aunque ella notó vagamente que se sentía un poco más caliente de lo normal.

El reclamo que tenía en la punta de la lengua ni siquiera llegó a salir, porque él le llevó la mano a su propia frente.

—No me siento muy bien, chécame si tengo fiebre.

La petición la dejó estupefacta. En el rostro de Amanda se dibujó una clara expresión de no saber qué decir. Sin embargo, igual le comprobó la temperatura.

Cuando sufrió la herida de bala y tuvo una fiebre que no bajaba, apenas superó los treinta y siete grados. Hugo le había contado que la temperatura normal de Mauro era mucho más baja que la del resto de la gente, rondando los treinta y cuatro grados; por lo que treinta y siete ya era una fiebre altísima para él.

Amanda se asustó y lo miró con nerviosismo.

—¿Por qué estás ardiendo? Te llevo al hospital ahorita mismo.

Recordó el ataque que le había dado en el elevador la vez anterior y sintió una angustia repentina.

Mauro se negó:

—No hace falta. Llévame a mi departamento, me tomo un medicamento, duermo y se me pasa.

Ella no estaba tranquila. Era evidente que la salud de Mauro era mucho más frágil que la de cualquier persona; si se demoraban y le pasaba algo malo, ya sería demasiado tarde para arrepentirse.

Tomó el saco que colgaba del brazo de él y, al tocarlo, sintió que seguía húmedo. ¿Acaso su fiebre era por haberse empapado en la lluvia?

Era imposible no sentirse culpable. Caminó a su lado y le preguntó con cuidado:

—¿Sientes algún otro malestar?

Mauro le dedicó una sonrisa para darle calma.

—Conozco mi cuerpo, no pasa nada.

En los últimos dos meses, la salud de Mauro había empeorado drásticamente; cualquier cambio de clima lo mandaba a la cama con fiebre. Ya estaba acostumbrado a esas recaídas.

Si hoy se lo había mencionado a Amanda, era solo para que ella lo acompañara un poco más. Ni siquiera él mismo sabía cuándo se le apagaría la vida de golpe, y en ese momento, jamás volvería a verla.

Mauro curvó los labios.

—Amanda, hazme el paro de llevarme a casa, al menos en compensación por las veces que te cuidé.

Amanda frunció el ceño.

—Vete a tu cuarto y dime dónde guardas las medicinas para que yo vaya por ellas.

El hombre le indicó el lugar de su botiquín y se metió a la recámara. Ella buscó donde le dijo y, en efecto, encontró un montón de cajas.

Había medicinas de todo tipo, e incluso muchas que ella jamás había visto en su vida. Curiosa, se detuvo a revisarlas. Sin embargo, no tenían folletos ni nombre, por lo que asumió que debían ser fórmulas experimentales que no habían salido al mercado, parecidas a las que Verónica Esquivel le daba a ella.

Entre todas las pastillas, Amanda sacó medicamento para la fiebre y antigripales, intuyendo que su malestar era por el resfriado tras haberse mojado.

Tomó una botella de agua del refrigerador y se dirigió al cuarto.

Pero al empujar la puerta, la botella casi se le resbaló de las manos. Se dio la vuelta de inmediato.

—...¿Ya te cambiaste?

Mauro estaba de pie junto a la cama, con una sonrisa burlona mientras se abrochaba el último botón.

—Ni que no me hubieras visto antes.

Como su ropa estaba mojada, había aprovechado que ella buscaba las medicinas para ponerse algo cómodo, pero no contó con que Amanda entraría antes de que terminara.

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