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Ciega por tu Mentira romance Capítulo 256

Para ese momento, Mauro ya había perdido cualquier deseo de seguir hablando con él.

—Si no hay nada más, me voy.

Se marchó a paso firme.

Cuando Mauro por fin se fue, la mirada de Pablo se ensombreció profundamente.

Un momento después, Mateo entró en la habitación.

—Señor, el asunto con el muchacho ya está casi resuelto. ¿Cree que deberíamos buscar un buen momento para que regrese?

Pablo guardó silencio por unos segundos.

—A Mauro ya no le queda mucho tiempo —murmuró—. Es hora de traer al joven de vuelta.

Mateo, sin embargo, tenía sus dudas.

—Señor, me preocupa que Mauro no tolere su presencia. Si terminan odiándose, Joaquín Díaz estará al acecho y podría aprovechar la oportunidad para atacarnos.

Esa era exactamente la misma preocupación que no dejaba dormir a Pablo.

Mauro había encontrado pistas sobre él desde hacía mucho, pero se había negado a decirle nada. Y no solo eso, sino que casi hace que lo maten...

Con solo pensarlo, a Pablo le empezaba a doler la cabeza.

Ambos eran de su propia sangre, pero a Mauro le quedaba muy poco tiempo de vida. Si lo obligaban a elegir a uno, Pablo, sin duda, elegiría a su nieto.

El enorme imperio de la familia Díaz necesitaba un heredero.

—Ya sé cómo voy a manejar este asunto —sentenció Pablo.

***

Amanda llegó a la casa de Clemente. Era una propiedad que contaba con un pequeño patio trasero, donde crecían flores y algunas verduras de temporada. Al bajar del coche, vio a una mujer de mediana edad regando las plantas.

Poco después, un hombre salió de la casa, le quitó la regadera de las manos y la ayudó a sentarse para que descansara, dispuesto a terminar el trabajo por ella.

En una metrópolis tan bulliciosa, donde el amor desechable estaba a la orden del día, ver un afecto tan sencillo y a la vez tan inmenso era algo sumamente raro.

Acto seguido, Clemente le cerró la puerta en la cara sin una pizca de remordimiento. Luego, dio media vuelta y acompañó a su esposa de regreso al interior de la casa.

Que le cerraran la puerta en las narices era algo que Amanda ya se esperaba.

Si a tantas personas importantes ya las había rechazado, ella no iba a ser la excepción. No tenía ninguna influencia mágica ni era nadie especial, así que este resultado era lo más normal del mundo.

Sin embargo, rendirse tan fácilmente tampoco iba con la personalidad de Amanda.

Se quedó afuera del patio, tratando de idear un plan. Pero por más que le daba vueltas al asunto, no se le ocurría ninguna buena alternativa.

Amanda pensó que, al menos, debía averiguar la verdadera razón por la que Clemente se negaba a operar. Así podría buscar una solución, pero nadie parecía saber el motivo.

Se quedó ahí de pie hasta que el sol se ocultó y el cielo se oscureció por completo.

Pasaban de las ocho de la noche y Amanda seguía sin moverse de su lugar.

Para su mala suerte, el clima decidió no cooperar. Una lluvia torrencial se desató de golpe, empapándola de pies a cabeza antes de que pudiera reaccionar.

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