Por otro lado, Amanda subió al avión.
Llegó a Clarosol pasadas las seis de la mañana.
Había dormido un par de horas en el vuelo, así que bajó bastante despierta.
Primero fue al hotel para hacer el registro, dejó sus cosas y salió a toda prisa.
Para ganárselos, Amanda planeaba elegir un regalo para el doctor Clemente Velasco y su esposa.
Como Belén estaba mal de salud, pensó en comprarle unos productos naturistas. Después de elegir el detalle para ella, pasó por casualidad frente a una tienda de té.
A Clemente le encantaba el té, así que podía entrar a comprarle unas hojas de excelente calidad.
Estacionó el carro a un lado de la calle, le puso seguro y empujó la puerta del local.
Nada más entrar, caminó directo hacia el mostrador. Le echó un vistazo al té que estaba en el lugar más visible y, justo cuando iba a hablar, alguien se le adelantó.
—Me enseñas ese té del empaque rojo, por favor.
Por instinto, Amanda volteó a ver a la mujer que había hablado. Pero, al desviar la mirada y ver al hombre que estaba a su lado, sus pupilas se dilataron de golpe.
Era Mauro.
Era evidente que él tampoco esperaba encontrársela ahí; la sorpresa se asomó a sus ojos.
Se miraron durante un segundo y Amanda apartó la vista.
Al ver esto, Mauro frunció el ceño con disgusto.
«¿Tanto le urge no tener nada que ver conmigo?», pensó él.
«¿Ni siquiera es capaz de darme el saludo más básico entre conocidos?»
Sus pobladas cejas se juntaron. Mauro decidió hacerle caso y fingir que no se conocían.
La vendedora le pasó el té a la mujer y esta se acercó a Mauro.
—Mau, de seguro a tu papá le va a encantar este té, ¿no crees?
Él estaba distraído. Murmuró un «ajá» para darle el avión y no pudo evitar mirar a Amanda otra vez.
Ella no inmutó su expresión; de verdad parecía que no lo conocía de nada.
Entonces, la escucharon hablar con la empleada.
—A mí también me gustaría llevarme este té. ¿Me puedes dar uno?
Amanda dio media vuelta y salió del local.
Sin decir una sola palabra, Mauro le arrebató el empaque a la mujer y salió corriendo detrás de ella.
Amanda aún no subía al carro cuando escuchó la voz de Mauro a sus espaldas:
—¡Amanda!
Ella detuvo el paso. Al girarse, Mauro ya estaba frente a ella, con una ligera capa de sudor en el rostro. Extendió la mano y le ofreció el té.
—El que llega primero, se lo queda. Este té te pertenece a ti.
Amanda pensó un poco en lo que dijo y le pareció lógico, así que lo agarró sin rodeos.
Con toda la calma del mundo, sacó su celular y dijo en tono frío:
—Señor Díaz, páseme su número de cuenta para hacerle la transferencia.
Mauro frunció el ceño y soltó de inmediato:
—¿En serio tenemos que ser tan calculadores?

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