—¡Yo... yo de verdad no sé nada! —Izan sintió que le estaban cargando el muerto injustamente, ¡como si fuera el chivo expiatorio de todo!
—Si no me creen, ¡puedo llamar a mi novia para que testifique! Ella puede confirmar que he estado con ella todos estos días. En serio que no ayudé a nadie a conseguir trabajos de medio tiempo, y mucho menos le robé dinero a la gente.
—Todos venimos del mismo lugar, ¿qué necesidad tengo de arruinar mi reputación por unos cuantos pesos?
—¡Al contrario, yo espero que si algún día pasa algo, podamos apoyarnos entre nosotros!
—Cecilia, por favor, créanme. De verdad que no tengo ninguna razón para engañarlas.
No quedaba claro si Cecilia le creía o no; se limitó a mirarlo con frialdad.
—¡Pero te falta lana! —le soltó.
Izan se quedó pasmado. Hasta él mismo sentía que no tenía cómo justificarse.
Porque era la verdad: ¡estaba quebrado! Si él estuviera en su lugar, también desconfiaría.
Un chavo que se va de viaje con su novia y justo anda sin dinero, que le recomienda trabajos a los demás y luego se queda con lo que tanto les costó ganar... Sonaba demasiado lógico.
—Entonces ya me fregué, ni cómo limpiarme de esta —soltó Izan.
Se sentía frustrado e impotente. ¿Cómo podía ser tanta casualidad?
—¿Se puede checar a qué hora se mandó ese mensaje desde mi computadora? Sospecho que alguien la usó para publicar eso. Alguien se metió a mi cuenta.
Era lo único que a Izan se le ocurría.
—¿Y quién crees que pudo haber usado tu cuenta para publicar ofertas de trabajo?
Cecilia notó que Izan no parecía estar mintiendo. Pero si no era él, ¿quién más podría ser?
—¿Cómo te llevas con tus compañeros de cuarto? ¿Hay posibilidad de que alguno te haya robado la cuenta?
—¿Qué opinas, Estella?
No le pidió la opinión a la otra chica. Ella solo las había acompañado a reclamar el dinero y parecía no tener mucha iniciativa propia; lo más seguro es que su postura fuera recuperar la plata si se podía, y si no, dejarlo pasar.
—¿En serio puedes garantizarnos que nos vas a recuperar ese dinero? —preguntó Estella, desconfiada.
Si la persona que había mandado las ofertas tuvo el descaro de robarse esa lana, era porque andaba necesitada o de verdad la quería. Estaba difícil saber si la iba a soltar así de fácil.
—¡Si de verdad fue uno de mi cuarto, les prometo que les devuelvo lo suyo! ¡Y si no puedo, entonces llamen a la policía! —declaró Izan, armándose de valor.
A fin de cuentas, compartían la misma habitación. Si todo resultaba ser un malentendido, él todavía podía mediar. Llevaban tres años viviendo juntos; cualquier problema era mejor platicarlo de frente.
Eran estudiantes de la Universidad de Viento Claro, jóvenes con un futuro brillante por delante. ¿Cómo era posible que le robaran dinero a sus propios compañeros?
—Tú mismo lo dijiste. Estoy dispuesta a darte una oportunidad —concluyó Estella, sintiéndose un poco más valiente.

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